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Cochabamba, 16 de agosto de 2007. - ¿No ‘hay' Pablito? - No. Ha ido a comprar carne, padre. Hace tiempo que queríamos visitarlos. Pablito es el cuarto de 8 hermanos y monaguillo del Templo Ntra. Sra. del Pilar de la parroquia. Tiene 12 años. Es simpático, siempre sonriendo, y muy cariñoso. Los dos hermanos mayores están ‘en el campo', casados ya, tan jóvenes. El mayor, 24 años, tiene dos hijitos. El segundo hermano viene a visitar a su mamá justamente durante nuestra visita. Se sorprende, sobre todo cuando le dicen que es ‘un padre' de la parroquia. La tercera hermana es ‘mujercita' y con sus 17 años atiende, día y noche –descansa el domingo hasta la tarde-, a una señora. Cobra 500 bolivianos (algo así como unos 50 €). Es el único jornal que entra en casa. Pablito y sus hermanitos pequeños son alumnos becados de nuestros colegios. Y muy buenos alumnos: seriecitos, trabajadores y responsables. Muy buenas calificaciones. La mamá es viuda desde hace cuatro años. Se vinieron del campo el enviudar, menos los dos hijos mayores. La han tenido que operar de la vesícula. El costo total; 1.500 bolivianos, después de que, por medio de la Trabajadora Social , le rebajaran 1.000 por carecer de medios económicos. En la parroquia, atendidos por el Grupo de Acción Caritativo-social, le hemos colaborado con un buen monto. Ellos se ‘han hecho prestar' el resto de unos amigos, por tres meses. Vamos a estar atentos por si hay que volver a echar una mano. Seguro. Viene Pablito de ‘comprar carne'. ¡Un muslo de pollo para seis personas! - ¿Qué van a guisar? - Una sopita para mi mamá y, con unos fideos, para todos. El ‘cuartito' en el que viven –prestado por vigilar el solar de una señora- mide unos tres por tres metros. Dos camas. Una para los cuatro hermanitos y la otra para la mamá. Ni armarios ni sillas. Sólo ropa limpia y amontonada. Calzado, igualmente amontonado, y bastante estropeado. En un rinconcito del solar, fuera del cuartito, cuatro palos que sostienen por techo una plancha de calamina y un minúsculo hornillo de gas. Para el agua, dos bidones totalmente agujereados y taponados los agujeros con trocitos de tela. Agua para todo y para todos. Se asean como pueden. Van bastante limpios, la verdad, para vivir como viven. Aunque los pies, por el polvo tan abundante, se los tienen que lavar más frecuentemente. Pero ¡no van a estar lavándoselos cada media hora! Nos marchamos. Todos salen hasta la puerta. No esperaban que ‘un padre' fuera a visitarlos. Sus gestos de agradecimiento, reflejados en unos ojos alegres-entristecidos, son espontáneos y abundantes. No son, ni muchísimo menos, una excepción en la parroquia. Reflejan la realidad que nos rodea en la mayor parte de la parroquia. Seguimos cerca de Pablito y su familia. Lo necesitan. Jesús y Lorenzo |