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"Diario de la Misión"
Capítulo 9. 22 de diciembre de 2005


Cochabamba, 22 de diciembre de 2005. Después de la celebración de la Eucaristía ha venido a charlar Muriel, una joven mamá de 28 años. Lloraba. Le acompañaba su hijita de cinco años. Me cuenta que viajó a España. Ocho meses de trabajo cuidando a un anciano (trabajo que encuentran la gran mayoría de mujeres emigrantes. ¡Ay, muchos ancianos en España!). Tuvo que volver rápido. Su esposo se desentendía de los dos hijos: un varoncito de 11 años y la mujercita que le acompañaba. Además, se había ido a vivir con otra mujer. ¡Qué terribles consecuencias trae la emigración! También en el país al que llegan: trabajos, los que no queremos los españoles; horas, todas las que les pidan y más; sueldos, para qué hablar; desprecios en cuanto se presenta la ocasión. Aunque no siempre sea así, no sé si es lo que más abunda.

Y, sobre todo, consecuencias en la situación que dejan en su país, en este caso, Bolivia. Endeudamiento por el dinero del viaje: alrededor de 1.200 dólares (un fortunón para el nivel de vida de aquí; matrimonios rotos; hijos que crecen con abuelitos sin recursos; hijos abandonados y olvidados. Al final, la familia que queda en el país de origen incluso llega a no recibir nada. No, no es un capricho el que les lleva a emigrar (aunque también haya casos así). Sí que hay, en algunos probablemente, un sueño, no siempre solución ni correcta ni pensada, de tener más dinero.

Pero la tragedia, muchas veces, es real. ¡Qué necesario es que en España, y en los demás países a los que emigran, se acerquen a una persona, la acojan y la escuchen! La actitud cambiaría. Ha sido mi pensamiento durante toda la mañana.

Don Julián era un viejecito solo, absolutamente pobre, de esos de no tener nada. Vivía en un cuartito, es un modo de llamarlo. Me avisan para que vaya a orar en la casa. Una sencilla liturgia a la que llaman ‘misa de cuerpo presente’. Cuesta que entiendan que no se trata de eso. La sorpresa ‘agradable’ es han puesto el velatorio en casa de una vecina, doña Irene, muy cercana a la parroquia y que ‘no se deja la Misa por nada’. Le ha prestado su saloncito. Los vecinos han pagado el ‘cajón’ (ataúd), han comprado flores, han colocado un buen conjunto de velas. Todo muy digno. Les felicito a los vecinos. Aún queda amor y solidaridad, y no poca, en este mundo. ¿Especialmente entre los pobres? Ciertamente no dan de lo que les sobra.

Jesús

(Lorenzo está en España. motivos agradables de familia. Y deseando que regrese)