|
|
|
Purísima Como una bocanada de aire puro en un clima contaminado, así nos llega año tras año la fiesta de la Purísima. En pleno ambiente de adviento, en la espera del Señor, que vino en carne mortal, que viene cada día hasta nosotros de mil maneras y que vendrá glorioso al final de los tiempos, María aparece como primicia de la nueva creación restaurada. María es la “llena de gracia”. Así la saluda el ángel y así la saludamos nosotros miles de veces en el Avemaría. María ha sido adornada del amor de Dios, que la envuelve de ternura y de misericordia, haciéndola una criatura nueva, resplandeciente, sin pecado. ¡Qué bella es María! En ella todo es transparencia y luz. En ella no hay sombras de ningún tipo. Ella es toda pura. Es la Purísima. María ha sido librada del pecado por aplicación de la redención de su Hijo Jesucristo. María es la primera redimida, es la mejor redimida, es la más redimida. A los demás mortales la redención de Cristo nos llega para curar las heridas del pecado, después de haberlo contraído. A María la redención de Cristo le ha llegado previniéndola de todo pecado, antes de contaminarse. María ha sido librada incluso del pecado original, con el que todos nacemos, heredado de nuestros primeros padres. El pecado original se sitúa en el origen de la humanidad, cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y prefirieron su gusto a los planes de Dios. Aquel pecado, que sólo ellos cometieron, nosotros lo contraemos personalmente sin haberlo cometido. Es decir, no sólo sufrimos sus consecuencias, sino que el pecado original nos hace a todos pecadores. Jesucristo ha venido a quitar el pecado del mundo cargando con él. Mirando a Jesucristo y contemplando su cruz redentora entendemos mejor cuál ha sido el desastre que el pecado ha introducido en el mundo. Pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). María ha sido librada de la catástrofe del pecado. Dios la ha prevenido con su gracia antes de ser contaminada., y de esta manera Dios presenta ante los hombres una gran señal de lo que quiere hacer en nosotros. En María vemos a dónde nos quiere llevar Dios a todos los hombres. Ella es purísima desde el comienzo de su existencia; nosotros llegaremos a ser puros totalmente cuando, lavados por la misericordia de Dios, seamos colmados de su gracia. El pecado, que destruye al hombre, no es la última palabra en la vida del hombre. El hombre está llamado al amor, está llamado a la plenitud y a la felicidad, que sólo encontrará en Dios. Está llamado a la santidad. En esta vocación, María brilla con la luz de Cristo, como un punto de referencia para todo hombre. Celebremos con gozo la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. En ella la humanidad entera ha comenzado a ser redimida por Cristo. En ella, toda la humanidad encuentra una señal de esperanza. Ella es como una bocanada de oxígeno para un mundo que se asfixia en su propia contaminación. La última palabra de Dios para el hombre es la gracia, es el perdón. Dichosos los limpios de corazón como María, porque ellos verán a Dios. Con mi afecto y bendición: |