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++ Cartas al Pueblo de Dios 11/09/2005 ++


Adorar
11 de Septiembre de 2005

El hombre está hecho para adorar, tiene necesidad de adorar. O adora al único Dios verdadero, y de esta manera camina hacia la libertad. O adora a los ídolos, a las obras de sus manos, y por ese camino se hace cada vez más esclavo.

A lo largo de toda la historia de la salvación, Dios reclama de su pueblo la adoración al único Dios verdadero. Dios se muestra celoso cuando el pueblo se aparta del camino de la verdad y de la libertad. Dios quiere el bien del hombre, y por eso le quiere libre de sus propias esclavitudes.

El pueblo, sin embargo, cae una y otra vez en la idolatría. En la idolatría del poder, en la idolatría del tener, en la idolatría del sexo. La idolatría hace al hombre esclavo. La idolatría no es camino para la libertad.

En el encuentro del Papa con los jóvenes en Colonia, Benedicto XVI se ha detenido a explicar en qué consiste la adoración. Celebrar la Eucaristía es entrar en la “hora” de Jesús, haciéndola nuestra. Entrar en contacto con Jesucristo en la Eucaristía, además de otros muchos aspectos, lleva consigo éste de la adoración a Jesucristo, que siendo Dios, se ha hecho hombre y se acerca hasta nosotros en el pan y el vino consagrados en su Cuerpo y en su Sangre.

Adorar es someterse (proskynesis). Es reconocer a Dios como nuestra verdadera medida. Es rendir nuestra mente y nuestro corazón ante quien es más grande que nosotros, ante quien es la fuente de nuestra vida. Esto sólo puede hacerse por amor. Cuando el hombre se somete a Dios, queda engrandecido, queda liberado de toda esclavitud.

Adorar es también contacto boca a boca (adoratio). En este sentido, la adoración es beso de amor, es unión transformante. La libertad a la que Dios nos conduce por la adoración brota de lo más íntimo de nuestro ser. Adorar es acoger un amor más grande, que se abaja hasta el hombre y lo engrandece.

“No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”, nos recuerda un cántico litúrgico. El hombre contemporáneo vive fascinado por las obras de sus manos, por su trabajo, por sus cosas, por los inventos que produce. A veces, vive esclavizado por sus gustos y caprichos, por su egoísmo, por su afán de poder, por el deseo insaciable de tener más y más. En nuestra época sigue habiendo hombres esclavos de otros hombres.

Por eso, el hombre contemporáneo necesita espacios y momentos de adoración al Dios único y verdadero, que en Jesucristo nos ha mostrado su verdadero rostro de Padre misericordioso. Es en la Eucaristía donde somos invitados a la verdadera adoración. El Año de la Eucaristía en que nos encontramos nos brinda ocasiones continuas para ejercitarnos en la adoración, que nos hace libres.

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona