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DISCURSO DEL PAPA A LOS OBISPOS ESPAÑOLES (II) Vivir la unidad Cuando cada uno va por su sitio, a su bola, es imposible hacer nada. Pasa en las familias, cuando cada uno tira por un lado, la convivencia se convierte en algo insoportable. Pasa en la sociedad, cuando cada uno reclama sus intereses y no tiene en cuenta el bien de los demás; al final, se produce la fractura, la división, el enfrentamiento de unos contra otros. Pasa también en la Iglesia. No sólo en las grandes rupturas que han dado origen a otras confesiones cristianas, sino además en la convivencia de cada día, en las parroquias y en la diócesis. Diferentes grupos, diversos carismas, distinta manera de enfocar las cosas, aunque busquen todos lo mismo. Pero, en muchas ocasiones evitamos al otro, porque hemos rozado con él o porque busco mis propios intereses. Nos ignoramos unos a otros o nos enfrentamos, descalificando al otro, porque no es de los míos. De esta manera restamos fuerza al dinamismo apostólico, perdemos energías. La Iglesia está constituida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (LG 2). Es decir, tiene una trabazón interna irrompible. En Dios todo es común y cada persona divina tiene su singularidad y su riqueza propia. Son personas diferentes. La diferencia no es un obstáculo para la unidad. Al contrario, es una riqueza. Sería una pobreza la uniformidad. “La diversidad de pueblos, con sus culturas y tradiciones, lejos de amenazar esta unidad, ha de enriquecerla desde su fe común”, recuerda el Papa. El Papa nos recuerda que trabajemos este aspecto esencial de la Iglesia. Que no sólo confesemos en el credo que la Iglesia es una, sino que también trabajemos para que esta unidad se viva y se exprese en nuestra vida cotidiana. “En vuestra propia diócesis, estáis llamados a vivir y dar testimonio de la unidad querida por Cristo”. Es, por otra parte, una urgencia de la sociedad en la que vivimos, pues la Iglesia es sacramento de la unidad de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. La Iglesia tiene un papel muy importante en esta sociedad quebrantada por tantas divisiones. Ha de buscar y crear espacios, momentos, medios de unir a los hombres unos con otros, de manera que las diferencias se conviertan en riquezas y no en motivo de distanciamiento. En las familias, todos deben cooperar a la unidad, pero el punto de unidad son los padres. En la parroquia, todos deben construir esa unidad bajo la guía del párroco. En la diócesis, donde se hace presente en plenitud la Iglesia de Cristo, el principio y fundamento de la unidad es el obispo, y con él el presbiterio diocesano, que ha de vivir muy unido entre sí y con su obispo. No se
trata de matar las riquezas personales de cada uno, pero todos hemos
de limar aquello que nos separa, en aras de mantener la unidad, que
es inseparable de la verdad. Trabajemos todos por la unidad, que es un valor divino y es un deseo del corazón humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Nuestra sociedad, y concretamente la sociedad española, lo está pidiendo a gritos. Con mi afecto y bendición: |