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Con alegría desbordante La Navidad es Dios con nosotros. Dios ha tenido la feliz iniciativa de salir al encuentro del hombre, porque el hombre está perdido y no encuentra el norte de su vida. Dios Padre ha enviado a su Hijo divino para rescatar al hombre de su perdición, para dar la vida por nosotros, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. En la Navidad llega a su plenitud ese encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios, pues Dios se hace hombre para que el hombre, cada hombre pueda llegar a ser hijo de Dios, y para siempre. En la Navidad, Dios se acerca tanto a los hombres, que se hace hombre, naciendo Niño de una Virgen. Esta es la señal con la que Dios ha querido decirnos su amor a los hombres. Por eso, estamos contentos. De este misterio contemplado y vivido brota la alegría cristiana. De vernos salvados y redimidos, brota el gozo de la salvación. La liturgia de estos días es una celebración constante de esta alegría. Y la liturgia quiere producir en nuestro corazón aquello que expresa de tantas maneras. Ahora bien, no debemos confundir la alegría que brota de dentro, la alegría verdadera, con esa otra alegría que se alimenta desde fuera, que es pasajera y deja resaca. La alegría que viene de Dios, ante todo es gratuita. Es un don, que se acoge en el corazón, y llena el corazón de paz. Es una alegría duradera, pues los dones que nos concede son dones que no acaban, nos hacen crecer en una vida que dura para siempre. A veces se traduce en fortaleza, otras en paciencia. En muchas ocasiones, se convierte en audacia y capacidad de abrir nuevos caminos. Esta alegría es generosa. Es como un agua abundante que riega las distintas plantas de nuestro corazón, y produce todo tipo de frutos en virtudes. Por el contrario, la alegría que viene de fuera cuesta cara, pasa deprisa y deja resaca. Es una alegría agotadora y es una alegría que no hace felices. En torno a estas fiestas de Navidad, muchos de nuestros contemporáneos no se encuentran con el Hijo que nace de María Virgen, al que podemos acoger en la Eucaristía y que nos trae el perdón en el sacramento de la Penitencia. Se privan de la alegría fundamental. Y, puesto que toca estar alegres, se busca y se compra la alegría al precio que sea, a costa de lo que sea. Para muchos, la Navidad vivida así, les dejará más tristes que antes, y les dejará una decepción más honda en su corazón humano, que quiere estar contento y no sabe cómo. La Navidad cristiana es fuente de alegría, aunque uno no tenga especiales diversiones. Cuando la Navidad se vive paganamente, una Navidad sin Dios (¡asombrosa contradicción!), lo importante será consumir y consumir todo lo que se nos presente. Comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno. “Se ha manifestado la gracia de Dios que quiere salvar a todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a las pasiones mundanas, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa”, nos recordará el Apóstol (Tito 2,11-12). Es incompatible el gozo cristiano de la Navidad con el paganismo ambiental que nos incita al consumo y a vivir sin Dios. No nos dejemos arrastrar por el espíritu del mundo, y menos aún cuando celebramos los santos misterios de la Navidad. Seamos testigos del amor de Dios, que se ha hecho Niño, y que viene a traer alegría para todos. Os deseo a todos una santa y feliz Navidad: Con mi afecto y bendición: |