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Para que seamos Santos “Dios nos ha elegido para que seamos santos” (Ef 1,4). Esta es nuestra vocación, y a ella somos llamados continuamente. Nuestra vocación es la santidad. La fiesta de todos los Santos nos recuerda que Dios nos ha creado para llevarnos a la santidad plena, y que a esta meta han llegado ya nuestros hermanos mayores, los Santos. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión, desde el cielo, a donde todos caminamos como peregrinos hacia la patria definitiva. Algunos piensan que la santidad es cosa rara, que sólo algunos alcanzan, como si se tratara de un trofeo, que sólo después de muchos esfuerzos es conseguido. No. La santidad es algo al alcance de todos, más aún, es la única vocación de todo el que viene a este mundo. La santidad es posible, porque es un don de Dios, que Él ofrece a todo el que quiere recibirlo. No llegar a santos sería la mayor frustración de nuestra vida, pues hemos nacido para esto. Otros piensan que la santidad consiste en hacer obras llamativas o extraordinarias, en hacer milagros continuamente. Y tampoco es así. El que camina hacia la santidad vive su vocación y la misión encomendada por Dios, en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana, en su familia, en su trabajo. Ciertamente, si camina con fe, será testigo de las maravillas de Dios en su vida y en la de los demás, e incluso palpará milagros, obras extraordinarias. Pero verá que es Dios quien lo hace, y que tales maravillas no son fruto de su heroísmo. La santidad es la manera de ser de Dios. Y Dios quiere que seamos santos, es decir, que seamos como Él, y que nos parezcamos a Él en nuestro ser y en nuestro actuar. La santidad consiste en ajustar nuestra voluntad y nuestro obrar a la voluntad de Dios. “Hágase tu voluntad” repetimos en el Padrenuestro. Pues esa voluntad de Dios, acogida con amor, nos va haciendo parecidos a Dios y nos va transfigurando en santos. Los santos han sido todos pecadores (excepto la Stma. Virgen), que han confiado en el amor de Dios, y a los que Dios ha ido haciendo parecidos a Él, transformándolos desde dentro por el Espíritu Santo, a imagen de Cristo. El mundo de hoy tiene necesidad de santos, de personas que prolonguen el amor misericordioso de Dios, que sirva de bálsamo para tantas heridas producidas por el egoísmo. Las grandes transformaciones de la historia las han producido los santos, hombres y mujeres muy unidos a Dios, que han sostenido el peso de la humanidad y la han levantado, elevándola de nivel. Hoy necesitamos santos entre los padres de familia, entre los jóvenes y los niños, entre los sacerdotes y las personas consagradas. Por eso, sabemos que Dios quiere conceder muchos santos a su Iglesia en este comienzo del tercer milenio. La fiesta de todos los Santos es una bocanada de esperanza en medio de nuestras miserias y pecados. A pesar de nuestras debilidades, la victoria es de nuestro Dios y de Jesucristo que se ha entregado por nosotros y ha vencido la muerte, para que nosotros seamos santos. Con mi afecto y bendición: |