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Vivamos con esperanza el recorte de libertades No crecemos en libertades, sino que, por el contrario, las libertades se van recortando, sobre todo las que van unidas a la libertad religiosa. Vivimos una situación de verdadero acoso y derribo contra el planteamiento cristiano de la vida, y a veces incluso contra la misma Iglesia católica en España. Desprecio del matrimonio, que Dios ha instituido y la gran mayoría de españoles vive. Recorte para la enseñanza de la Religión en la escuela, a pesar de que lo pide más del 80% de padres para sus hijos. Anuncio reiterado de la supresión de la ayuda económica de los ciudadanos a la Iglesia, a través del IRPF, que el gobierno regula. Revisión (léase, supresión) de los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado Español. Manipulación de los embriones, que ya son personas humanas, para investigación. Ampliación del aborto, por el que los niños son matados en el vientre materno. Legalización de la eutanasia, para suprimir a los mayores que duren demasiado. Habíamos alcanzado ciertas cotas de libertad, que quedaban plasmadas en nuestra Carta magna, la Constitución española, y en los consiguientes Acuerdos Iglesia-Estado. La Iglesia católica no pide privilegios. Ha renunciado a todos ellos hace tiempo, para servir mejor a los hombres de nuestra época. La Iglesia pide libertad para ejercer la misión que Cristo le ha confiado, anunciar la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, ser como el Buen Samaritano que se acerca al hombre que sufre para vendar sus heridas. Hay lugares y momentos donde esta misión es favorecida y lugares y momentos donde esta misión es obstaculizada. En España, pasamos fácilmente de un extremo al otro. Ahora nos toca la época de las dificultades, como si de una carrera de obstáculos se tratara. “Si el mundo os odia, sabed que a mi me ha odiado antes que a vosotros… El siervo no es más que su Señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 18-20). El concilio Vaticano II nos recuerda que la Iglesia, como Cristo, vive en este mundo “en pobreza y persecución” (LG 8). Y san Agustín contaba que nuestra vida discurre entre los consuelos de Dios y las tribulaciones del mundo. Por eso, no hemos de temer. En situaciones como ésta suena más fuerte que nunca la palabra de Jesús: “No temáis… Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La Iglesia tiene dos mil años de historia, y ha pasado por muchas y más graves dificultades. Sus hijos han salido de todas ellas más fortalecidos, cuando han puesto su confianza en el Señor. “Esta es la victoria que vence al mundo: vuestra fe” (1Jn 5,4). En medio de las dificultades, vivamos la esperanza de que el mundo pasa y el que confía en el Señor, permanece para siempre. Con mi afecto y bendición: |