|
|
| Un nuevo año liturgico Hoy comienza el nuevo año litúrgico. Hoy es el primer domingo de adviento. Un ciclo de nuevas gracias se abre ante nosotros. Dios nos concede una nueva oportunidad para caminar hacia la santidad. Entremos en el año nuevo con deseo de aprovechar y crecer en el conocimiento y en el amor de Jesucristo. El año litúrgico tiene como centro a Jesucristo. A lo largo de todo un año celebramos el misterio completo de Jesucristo: su nacimiento, su vida terrena y sus enseñanzas, su pasión y muerte redentora, su gloriosa resurrección y ascensión a los cielos, su venida gloriosa al final de la historia humana para juzgar a vivos y muertos. Un nuevo año, aunque repita la vivencia del misterio de Cristo, es una espiral ascendente, que nos ofrece nuevas oportunidades de gracia y alimenta en nosotros un crecimiento en nuestra vida cristiana. El momento culminante del año litúrgico es la Pascua de resurrección, en primavera. En esas fechas celebramos el triunfo de Jesucristo sobre la muerte y sobre el pecado. Y cada domingo celebramos esa pascua semanal, como mantenimiento permanente de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor. Comenzamos el año litúrgico con el tiempo de Adviento. Cuatro domingos que nos hablan de espera y de esperanza. ¿A quién esperamos? –A Jesucristo, que viene. Jesús vino hace dos mil años. Siendo Dios desde siempre, comenzó a ser hombre nacido de María Virgen. Nació en Belén. Tomó nuestra condición humana, y ha convertido la existencia terrena en un camino para el cielo. Durante el tiempo de adviento nos preparamos para celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, que fue el comienzo de nuestra redención. Cantos de alegría y villancicos nos invitan a vivir festivamente la celebración del nacimiento del Señor. Preparemos nuestro corazón para recibirle en la próxima navidad. Jesús viene cada día, sale a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento. Hemos de aprender a reconocerle con ojos de fe en todo lo que nos ocurre cada día. Él no nos ha dejado a nuestra suerte. Él está presente en nuestra vida y está siempre a nuestro lado, aunque a veces no nos demos cuenta de ello. El tiempo de adviento debe ayudarnos a descubrirle en la vida cotidiana, en la salud y en la enfermedad, en los días buenos y en los días malos, en el trabajo ordinario y en los días de descanso. Jesús vendrá al final de los tiempos. Y vendrá a buscarnos a cada uno de nosotros en el momento de nuestra muerte, para llevarnos consigo a la casa del Padre. La muerte no es una desgracia, aunque sea un trago duro. La muerte es el momento del encuentro definitivo con Aquel que hemos esperado durante toda la vida terrena, y que nos llevará al cielo para gozar eternamente con Él, con la Virgen María y con todos los santos. El tiempo de adviento, que hoy comenzamos, es un tiempo de gozosa esperanza. Y se trata de una esperanza que nadie podrá defraudar. Dios cumplirá su promesa de hacernos felices para siempre. Vivamos este tiempo fuerte, que nos ayude a descubrir a Jesucristo presente en nuestras vidas de múltiples maneras, preparemos la Navidad de este año, que ya se acerca. Y tengamos todo preparado para cuando Él venga a buscarnos para llevarnos al cielo. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |