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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


Vino el Espíritu Santo, y se entendieron todos
4 de Junio de 2006

El domingo 4 de junio es la solemnidad de Pentecostés. Es la fiesta del Espíritu Santo, la tercera persona de Dios, que es enviada por el Padre a través de la humanidad gloriosa y desbordante de Jesucristo. Es la fiesta del Espíritu Santo, desbordado desde el corazón de Dios al corazón de cada hombre, a través del Corazón de Cristo. Es la Pascua del Espíritu Santo, el paso de Dios que quiere incendiar el corazón del hombre en el amor divino, porque el Espíritu Santo es “llama de amor viva”.

La fiesta de Pentecostés es fiesta de plenitud. “Él os llevará a la verdad plena…”. El Espíritu Santo nos habla de Jesús y nos hace entender quién es Jesús y nos hace saborear qué bueno es Jesucristo. “Gustad y ved qué bueno es el Señor…”. El Espíritu Santo nos hace gustar la dulzora del bien y nos lo hace atractivo y fácil. La vida espiritual es la vida según el Espíritu, y consiste en dejarse llevar por el Espíritu Santo. La venida del Espíritu sobre los Apóstoles reunidos en oración con María nos habla de unidad, de comunión, de encuentro, de confluencia, de complementariedad. El Espíritu Santo une y reúne en un mismo cuerpo, en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Y quiere reunir a todos los hombres, de todas las naciones.

La escena de Pentecostés evoca por contraposición aquel otro episodio de la torre de Babel (Gn 11,1-9). En aquella ocasión que nos cuenta la Biblia , los hombres se apartaron de Dios, se creían dueños del mundo, se llenaron de soberbia, idolatraron el progreso humano y llegaron a pensar que con sus fuerzas lo podrían todo. Alejados de Dios, se confundieron unos entre otros, hasta el punto que se dispersaron, porque no se entendían entre sí.

En Pentecostés ocurre precisamente lo contrario (Hech 2,1-13). Viene el Espíritu Santo y congrega. El Espíritu Santo reúne. El Espíritu Santo enseña a amar con un amor que supera toda división. Cuando Pedro se pone a hablar, todos le entienden, cada uno en su propio idioma. El Espíritu Santo tiene la capacidad de superar toda división, de integrar en la unidad todas las diferencias, creando la verdadera comunión. Las diferencias de cada uno enriquecen a todos. El Espíritu Santo produce un concierto en el que cada sonido, bien afinado, embellece a todos los demás en preciosa sinfonía.

En la fiesta de Pentecostés de este año, el Papa ha convocado a todos los seglares que trabajan personalmente, asociadamente, en grupos, en parroquias y movimientos apostólicos. El Sucesor de Pedro es el principio visible de unidad en la Iglesia. El Espíritu Santo es el principio invisible, es el alma de la Iglesia. Si uno está con el Sucesor de Pedro, con el Papa, el viento del Espíritu hará que el sonido de cada uno, de cada grupo o movimiento sirva para la belleza de una sinfonía, que es la Iglesia. La Iglesia tiene hoy la preciosa misión de presentar y proponer al mundo este preciosa concierto.

Vivimos en la sociedad una época de disgregación, de dispersión, de cierto Babel. La razón de ello es el apartamiento de Dios y la soberbia de los hombres, que se vuelven unos contra otros, con el riesgo hoy de destruir a todos. Necesitamos, por tanto, hoy más que nunca, que venga el Espíritu Santo y nos congregue en la unidad visible de la Iglesia.

¡Ven, Espíritu Santo!, y convierte el desconcierto del mundo en una preciosa sinfonía.

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona