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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


Creo en la vida eterna
5 de Noviembre de 2006

Así rezamos en el Credo, donde se contienen los artículos de nuestra fe. “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén”.

En estos días en que recordamos a todos los santos y a nuestros difuntos, conviene detenernos en esta verdad fundamental, que nos llena el corazón de esperanza. Creo que después de esta vida terrena está la vida del cielo. La vida terrena tiene fecha de caducidad. La vida del cielo es para siempre, sin fin.

La vida del hombre, por tanto, tiene dos etapas. La etapa presente en la tierra, que comienza en el seno materno, y termina con la muerte. Y la etapa del más allá de la muerte, donde sobrevive nuestra alma hasta el final de la historia humana, cuando también nuestro cuerpo resucitará, “creo en la resurrección de la carne”. No sobreviviremos reencarnándonos en otra persona. Seremos nosotros mismos en la primera y en la segunda etapa de nuestra vida. Hay una continuidad en el sujeto, aunque hay una transformación importante.

Nuestra vida terrena es frágil. Puede romperse en cualquier momento. Y si no se rompe inesperadamente, se irá deteriorando hasta agotarse en la muerte. La muerte es, por tanto, una certeza de nuestra vida. No podemos vivir de espaldas a esta realidad. Tenemos que morir, y hemos de afrontar este desenlace, que nos ha de llegar no sabemos cuándo. El recuerdo de nuestra muerte, nos hace sensatos. “Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”, dice el salmista.

Dios no nos ha creado para la muerte, sino para la vida. Dios no ha inventado la muerte. La muerte la ha inventado el hombre con el pecado. Por eso, Jesucristo con su muerte se ha hecho solidario del hombre, perdonando nuestro pecado, y con su resurrección nos ha abierto de par en par las puertas del cielo.

Después de la muerte, el juicio. Seremos juzgados por Dios, que es Padre misericordioso. Es decir, con la luz de su amor percibiremos con un golpe de intuición, cuánto nos ha amado Dios, y constataremos nuestra respuesta a ese amor. Podría darse la situación de quien se ha cerrado totalmente al amor y, aunque quiera amar, ya no podrá amar nunca. Ese es el infierno: apartados de Dios, que sabemos que nos ama, no poder amarlo nunca más y permanecer encerrados en el propio egoísmo. Y eso para siempre. “Líbranos de la condenación eterna”, decimos en la Misa.

Si hemos aprendido a amar, estamos salvados. El paso de este mundo al cielo se da cuando estamos purificados de todo pecado y de todas las secuelas de nuestros pecados. Si a la hora de la muerte hay cicatrices de antiguos pecados ya perdonados o manchas todavía no restauradas, Dios dispone de una ducha de amor intensa, que es el purgatorio, donde se encuentran las almas de los difuntos salvados, que aún no han podido entrar en el cielo. Por ellos rezamos todos los días, y especialmente en estos días de difuntos y a lo largo del mes de noviembre, el mes de las ánimas benditas del purgatorio.

Nuestro destino es el cielo. Dios nos ha creado para vivir con Él eternamente, para gozar de Él. Dios satisfará en el cielo todos los deseos buenos de nuestro corazón. Al pensar en los novísimos, en el remate final de nuestra vida terrena, pensemos en el cielo. Y vivamos de tal manera que merezcamos entrar en el cielo directamente, sin necesidad siquiera de pasar por el purgatorio. La esperanza del cielo nos da fortaleza para superar todas las dificultades de la vida terrena.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona