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| Hace un año El 2 de abril se cumplía el primer aniversario de la muerte del Papa Juan Pablo II. Ha pasado un año de aquel acontecimiento que estremeció al mundo entero, y cuya memoria nos estimula y nos da esperanza. Fue una vida llena, una vida entregada. Una vida de las que hacen historia. Es el Papa que ha recorrido todos los caminos del mundo, buscando al hombre para tenderle la mano y anunciarle la belleza de Cristo y de su Evangelio. Es el Papa que contribuyó decisivamente a que cayera el muro de Berlín, el muro de la vergüenza, que los hombres habían levantado para construir el paraíso marxista (uno de los fracasos históricos más rotundos del siglo XX). Es el Papa que sufrió en su propia carne un atentado, del que milagrosamente se salvó, porque anunciaba la libertad, el amor, la paz para todos. Pero entre tantas cosas buenas que hizo, sobresale una de ellas. Ha sido un hombre que nos ha enseñado a morir, a dar la vida, a afrontar la muerte como partida a la casa del Padre. En los últimos meses de su vida, su salud fue deteriorándose, como sucede a todos los mortales, y él no se acobardó. Tenía la esperanza cierta del cielo, y caminaba sereno al encuentro gozoso con el Señor. Con esta paz, afrontó la vejez y la enfermedad, y nos enseñó que la muerte no es el final del camino ni es la última palabra de Dios sobre el hombre, que está llamado a la vida para siempre. Dios nos ha creado para que vivamos felices con Él eternamente. Vuelven estos días de Semana Santa a ponernos delante de los ojos la muerte redentora de Cristo. Él es el Maestro que nos ha enseñado a morir en actitud de ofrenda y de amor al Padre, que nos ha dado la vida, y de servicio a los hombres, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). A partir de la muerte de Cristo, el hombre puede morir en libertad y en actitud de amor superlativo. Jesucristo ha cambiado el curso de la historia, introduciendo esta preciosa novedad. Juan Pablo II ha sido un testigo elocuente de esta novedad cristiana. Ha trabajado mucho por el hombre, pero sobre todo nos ha enseñado a morir. Dios me concedió la gracia de amarle intensamente, de conocerle, de estudiar a fondo su magisterio, de visitarle en varias ocasiones. Inolvidable será la última visita del 21 de enero de 2005, cuando recién ordenado obispo me recibía cariñosamente en su despacho para la visita ad limina, como al obispo más reciente de España en ese momento. Todos hemos llorado su muerte, de la que ahora se cumple el primer aniversario. Los jóvenes del mundo entero le agradecen a Juan Pablo II el inmenso cariño y la dedicación que les ha mostrado. Y acudieron por centenares de miles a sus funerales -fui testigo de ello-, como habían acudido a los encuentros mundiales de la juventud con el Papa. Ellos gritaron ante el cadáver del Papa querido: “¡Santo inmediatamente!”. Y el cardenal Ratzinger certificaba: “La Iglesia está viva, la Iglesia es joven, la Iglesia lleva en su seno el futuro del hombre”. Hace un año que moría Juan Pablo II. El recuerdo de este Papa grande nos estimule a vivir muy unidos a Cristo, en la vida y en la muerte, y nos impulse a ser testigos de la novedad del Evangelio en un mundo que necesita razones para esperar y para vivir. Con mi afecto y bendición: |