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Dios es amor (II)
“Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”, dice el Papa en su encíclica Deus caritas, 25. La Iglesia ha aprendido de Cristo, el buen samaritano, a acercarse a todo hombre que sufre y tiene necesidad de ayuda. Y lo hace movida por ese amor de Cristo y por amor al hombre. Más aún, si no lo hiciera, traicionaría a su Señor, porque de Él ha recibido el mandato nuevo del amor: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). La caridad cristiana ha sido atacada en su raíz diciendo que el hombre no necesita caridad, sino justicia. Y que el fomento de la caridad camufla la injusticia y retrasa la instauración de la justicia. El marxismo insiste en que la caridad que se hace con los necesitados amortigua la rebelión de los pobres y retrasa el progreso de los pueblos. Ahora bien, el sueño marxista se ha desvanecido y su verificación histórica ha sido un auténtico fracaso, incluso en relación con el progreso material que proponía. La caridad cristiana, sin embargo, sigue siendo el motor de miles y millones de personas que entregan su vida gratuitamente por los demás, inspirándose en Jesucristo, que nos ha amado hasta el extremo. En el progreso de los pueblos y en la ayuda a los pobres no se necesitan solamente bienes materiales, “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4,4), sino que junto a eso toda persona necesita un corazón que le ame de verdad. Muchos contemporáneos necesitan ayuda y consuelo, además del pan de cada día. Otros proponen que la ayuda a los demás la realice exclusivamente el Estado, que es el encargado de establecer el orden justo en una sociedad. Ciertamente el Estado tiene los recursos económicos de los contribuyentes para distribuirlos con justicia.”Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones” (Deus caritas, 28). Pero el trabajo por la justicia no es competencia exclusiva del Estado. Al Estado le corresponde reconocer y apoyar las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los necesitados de auxilio. La Iglesia es una de esas fuerzas vivas. La Iglesia tiene derecho y obligación de atender a los demás, y un Estado justo no se lo puede impedir, sino que debe darle todo tipo de ayudas, también económicas, para realizar la misión propia de la Iglesia. “Nos apremia el amor de Cristo” (2Cor 5,14).La Iglesia católica tiene una rica historia de caridad, un catálogo interminable de santos y santas que han salido al paso de las necesidades de los demás según las necesidades de la época. También en nuestros tiempos, como lo ha hecho la beata Teresa de Calcuta y tantísimos otros, hombres y mujeres, gastando su vida por los demás, urgidos por ese amor de Cristo. Cuando la Iglesia ejerce la caridad no está haciendo daño a nadie ni está frenando el verdadero progreso, ni está suplantando al Estado. Lo ha hecho y lo seguirá haciendo por mandato de su Señor, y está obligada a hacerlo, como Él nos ha mandado. Con mi afecto y bendición: |