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| Dos diáconos para servir Este domingo 15 de octubre estamos de fiesta y de enhorabuena en la diócesis de Tarazona. Dos jóvenes son ordenados diáconos para el servicio de nuestra diócesis, como paso hacia el sacerdocio. Se llaman José Antonio Zazu Lafuente y Jorge Berdún Lázaro. El sacramente del diaconado, por la imposición de manos del Obispo, consagra a cada uno de estos jóvenes como servidores de Dios y de los hombres. Diácono significa servidor. Ya en aquella primera comunidad cristiana, que aparece en los Hechos de los Apóstoles, son instituidos diáconos para servir en la atención a los pobres y en otros asuntos, de manera que fueron una gran ayuda para los Apóstoles. La Iglesia ha mantenido en el sacramento del Orden este primer paso del diaconado, que supone la entrega definitiva e irreversible a Cristo y que consagra al candidato infundiéndole las actitudes de Cristo, siervo de Dios y de los hombres. Hay quienes son ordenados para permanecer diáconos durante toda la vida. Son los diáconos permanentes. Otros son ordenados diáconos para llegar un día a ser presbíteros. Estos son los diáconos transitorios hacia el presbiterado. El primer servicio que un diácono ha de prestar es el de orar por el pueblo que se le confía. En la ordenación, se le pide al diácono que mantenga el espíritu de oración permanente, mediante la Liturgia de las Horas. Oración de intercesión, de expiación, de alabanza. Presidirá la asamblea litúrgica en nombre de Cristo y de la Iglesia, convocando al pueblo de Dios para la oración y la alabanza. Presidirá, en nombre de Cristo y de la Iglesia, las exequias por los difuntos. Bendecirá y santificará el amor de los esposos en el sacramento del matrimonio. Administrará el sacramento del bautismo, por el que somos introducidos en la Iglesia. El diácono es ministro ordinario en la distribución de la comunión, especialmente a los enfermos. El diácono hace presente en medio de la Iglesia la actitud de servicio con la que Cristo ha redimido al mundo. El mundo no se arregla por medio de la fuerza y el poder, sino por el servicio de amor entre los hombres. El diácono nos recuerda constantemente a Cristo, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por todos los hombres. El diácono busca a los pobres, como Jesús ha buscado la oveja perdida, para compartir con ellos sus carencias y, cargando con ellos, llevarles a Dios. Con esa actitud de servicio, sale al paso de las carencias del alma y del cuerpo, como el buen samaritano, para sanar las heridas que en el hombre ha dejado el pecado. Para los diáconos que caminan hacia el presbiterado, la ordenación de diácono es el momento de un compromiso definitivo con Jesucristo, entregándose con todo el corazón de manera indivisa, para hacerle presente como Esposo de su Iglesia. Estos diáconos asumen en esta ordenación el compromiso para toda la vida de vivir en el celibato, es decir, de no tomar mujer y vivir así en castidad perfecta para siempre. No se trata de una merma en su ser humano, sino de una plenitud que se les concede en vista a una fecundidad sobrenatural inmensa, y que han de alimentar cada día con espíritu de fe. El corazón del sacerdote (ya desde el diaconado) es un corazón universal, que sólo pertenece a Jesucristo, sin buscar la reciprocidad en ninguna otra persona humana. Es un corazón que ha aprendido a amar gratuitamente, y que invita constantemente a amar de esta manera. ¡Cuánto bien nos hace ser amados por un corazón libre de ataduras, ser amados por un corazón parecido al Corazón de Cristo! Alegría para todos en este domingo, fiesta de Santa Teresa de Jesús, porque Dios nos concede el gran regalo de dos diáconos para servir, para amar, para ser un día sacerdotes del Señor en el servicio a su Santa Iglesia. Que estos diáconos susciten en otros niños y jóvenes el deseo de ser como ellos, para que no nos falten los ministros que Dios quiere dar a su pueblo. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |