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| Cruz y Resurrección El centro de nuestra fe es Jesucristo, su persona, sus enseñanzas, su obra redentora en favor de todos los hombres. Seguirle a Él es encontrar la Vida. Apartarse de Él es acarrearse la muerte, incluso la muerte eterna. Y de todo el misterio de Cristo, el centro es la Pascua, que en estos días estamos celebrando y que culmina en la resurrección de Jesús, el Señor. Acompañamos a Cristo en su entrada en Jerusalén. Él va decidido a entregar su vida. No le pillan por sorpresa. “Nadie me quita la vida, sino que la entrego yo libremente”. Y, llegados a Jerusalén, manda preparar la Pascua. La Pascua que el pueblo judío celebra como recuerdo de las maravillas de Dios, que nos salvó de la esclavitud de Egipto y nos hizo pasar a pie el mar Rojo, para hacernos un pueblo libre, el Pueblo de Dios. En ese contexto pascual judío, Jesucristo celebra la última Cena y la primera Eucaristía, dejándonos el memorial de su entrega amorosa hasta la muerte y de su gloriosa resurrección, que vence la muerte para siempre. En la noche del jueves al viernes, experimentamos la cercanía consoladora de Cristo en la Eucaristía, mientras nosotros le acompañamos a Él en su larga pasión. La oración en el huerto, donde Jesus “se muere de angustia y de tristeza”, ante el espectáculo del pecado de los hombres de todos los tiempos. Como que todos los pecados del mundo caen sobre Él y le aplastan, si no fuera porque su Padre le sostiene y le consuela. Cuántos santos a lo largo de la historia han gustado de acompañar a Jesús en su oración del huerto. Cuántos se han ejercitado cada día en consolar a Jesús, precisamente en esos momentos de su dolorosa pasión. El viernes santo queda marcado enteramente con la Cruz. Es el patíbulo romano de la pena capital. Es imposible acercarse a la cruz y no sentir estremecimiento. La cruz de Cristo pone a prueba todas las cosas. Adoramos la cruz de Cristo. La señal del cristiano es la santa Cruz. La cruz es el sufrimiento vivido con amor. No es sólo sufrimiento. Es, ante todo, amor. La cruz de Cristo es la más importante cátedra de amor de toda la historia humana. Y a lo largo del sábado, vivimos el gran silencio, que acompaña a María en su soledad y en su esperanza, preparándonos a la gran Vigilia Pascual en la noche del sábado al domingo. Esa noche fue testigo de un prodigio que nos llena el corazón y la boca de alegría desbordante: ¡Ha resucitado! La Iglesia es portadora de esta noticia. Jesucristo resucitado lo aclara todo. Pone luz y esperanza en el corazón de sus discípulos, profundamente desconcertados por la muerte en el patíbulo de la cruz. Jesús vive. Jesús es realmente el Hijo de Dios. Jesús tiene una buena noticia para el hombre, también para el hombre de nuestros días. Esa noticia es que la muerte ha sido vencida para siempre. Habremos de pasar por la muerte, como consecuencia del pecado, pero la muerte no es el final. Cristo ha vencido la muerte y ha resucitado, es decir, ha inaugurado una vida nueva para todo el que se incorpora a El por el bautismo. Esa es la vida de la gracia en la tierra que culmina en el cielo, hacia donde se encamina toda nuestra existencia. “Si hemos resucitado con Cristo, busquemos los bienes del cielo”. Feliz Pascua de Resurrección para todos, con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |