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| Corpus Christi Fue el jueves santo cuando Jesús instituyó la Eucaristía. Era la última cena, la cena de despedida de sus amigos, la cena pascual. Y al terminar la cena, tomó pan en sus manos, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo que se ofrece en sacrificio por vosotros”. Y lo mismo hizo con el cáliz lleno de vino, se lo dio diciendo: “Esta es la nueva alianza sellada con mi sangre para el perdón de los pecados”. “Haced esto en memoria mía”. No nos cansamos de volver con la memoria a aquel momento culminante de su vida terrena, en el que Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía. Introdujo así en la historia humana todo el amor transformador del corazón de Dios, que ama apasionadamente al hombre, toda la energía de su obra redentora, perpetuado sacramentalmente en la Eucaristía. En todo el mundo, a todas horas, miles y miles de veces se repite cada día la Santa Misa. Un solo sacrificio, el del Calvario consumado en la Resurrección gloriosa, y miles de actualizaciones, de “transmisiones” en directo, de celebraciones donde somos protagonistas (no simples espectadores) de la Redención, con Cristo Redentor. ¡Qué asombrosa manera de estar cerca de cada uno de nosotros! ¡Qué admirable sacramento! El Hijo de Dios se ha hecho comida para que tengamos hambre de Él, y Él está dispuesto a saciarnos con este pan del cielo, que contiene en sí todo deleite. De la Eucaristía brota toda la vida de la Iglesia, y en la Eucaristía todo alcanza su plenitud. Es necesario formar y educar para vivir la amistad con Jesucristo, el trato con las Personas divinas, para vivir la vida de Cristo en nosotros. Ahí tenemos toda la tarea de evangelización, cuyo punto de referencia es la Eucaristía. Es necesario que en la Eucaristía se alimente el amor que transforma la vida, para hacerla una donación a los demás. He ahí la toda la acción caritativa y social de la Iglesia, que en la Eucaristía tiene su permanente alimento, hasta construir una sociedad nueva, la civilización del amor. La vida cristiana es un culto permanente, que en la Eucaristía tiene su máxima expresión y su propia fuente. Por eso, acudamos a este sacramento, para celebrarlo cada domingo, y para muchas personas todos los días. El domingo es el día de la Eucaristía. No podemos vivir sin el domingo, el día del Señor, el día de la Eucaristía. Acerquémonos con el corazón limpio de todo pecado para recibir al Señor en la comunión. No puede acercarse a comulgar quien tiene su alma manchada o vive en una situación pública que contradice el sacramento que recibe. Cultivemos en cada parroquia y en cada comunidad la adoración al Santísimo Sacramento. Dios está ahí presente. Jesucristo está presente incluso corporalmente y es un polo de atracción permanente, que reclama nuestra presencia física. No dejemos enfriar el amor, sino acudamos a calentarnos junto al Santísimo, de donde brotan todas las virtudes necesarias en nuestra vida. Gracias, Señor, por haber inventado este medio tan cercano, tan humilde y sencillo, por estar tan cerca de nosotros con una presencia tan intensa. Concédenos sentir cada vez más el asombro ante esta presencia ¡Alabado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!. Con mi afecto y bendición: |