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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


El Papa Benedicto XVI y el Presidente Zapatero
23 de Julio de 2006

Fue un encuentro sosegado, que ambos calificaron de respetuoso y cordial por ambas partes, en una Jornada memorable para la Iglesia universal, para España, para Valencia. El Papa llegaba a España para presidir el V Encuentro Mundial de las Familias, que ha resultado todo un éxito de participación de familias de todo el mundo, especialmente españolas. Las familias, muchas de ellas numerosas y con niños pequeños, afrontando incomodidades y superando dificultades, estaban felices de vivir este Encuentro, que ha confirmado su identidad y ha fortalecido su fe cristiana en el proyecto de Dios sobre la familia. No habían venido a Valencia por turismo, sino para decir al mundo entero lo bonita que es la familia según el proyecto de Dios.

Pero el encuentro entre el Papa y el Presidente tenía sus discrepancias de fondo, que sólo pueden afrontarse con un profundo respeto mutuo y con la propuesta firme de las propias convicciones. No es nada nuevo. El Evangelio se ha propagado a lo largo de los siglos, filtrándose por las rendijas del corazón humano que está hecho para lo verdadero y lo bello, y muchas veces en la confrontación con el mundo que lo rechaza y lo persigue abiertamente. El Evangelio se ha abierto camino a lo largo de la historia con el derramamiento de la sangre de los mártires, los mejores hijos de la Iglesia , que no han matado a nadie y han perdonado siempre a sus verdugos.

El Papa, y la doctrina de la Iglesia , invitan a los católicos a vivir el matrimonio según el proyecto de Dios: un varón y una mujer, establemente comprometidos y bendecidos por Dios en su amor humano, abiertos generosamente a la vida. Y la Iglesia invita a los creyentes a llevar su concepción del matrimonio a la vida pública, a las plazas y a las calles, a la convivencia social y al Parlamento. El Presidente, sin embargo, de acuerdo con su ideología laicista, que prescinde de Dios y que plantea las cosas como si Dios no existiera, prefiere que la fe sea un asunto privado, sin incidencia en la vida social. Profunda discrepancia que se resuelve en el mutuo respeto, a pesar del choque frontal de ambas concepciones.

El Estado y quienes nos gobiernan están al servicio de la sociedad, no para eliminar lo bueno que hay en ella, sino para respetarlo y alentarlo, según el principio de libertad religiosa. La familia es un bien social, el primer bien social que hay que tutelar y promocionar. La Iglesia no quiere imponer nada a nadie, y menos aún a quienes entienden las cosas de otra manera. La Iglesia anuncia la verdad que ha recibido y pide poder expresarla y vivirla en libertad. La Iglesia tiene derecho y obligación de proclamar con toda firmeza la verdad del amor humano y de la familia, sin ser acusada por ello de fundamentalista, de retrógrada o de enemiga de la sociedad.

Cuando desde los medios del Estado (las leyes, casi todos los medios de comunicación social, ayudas económicas y desgravaciones fiscales, etc.) no se respeta el concepto de familia que tiene un grupo numeroso de ciudadanos (a día de hoy, la inmensa mayoría de españoles), se están violentando los fundamentos de la convivencia social y se está recortando la libertad propia de un país moderno y libre. Cuando desde tales medios se ridiculiza o se obstaculiza la propuesta cristiana, se está faltando al mínimo respeto, que unos y otros reclaman para sí. La Iglesia no pide privilegios, sólo pide poder ejercer en libertad la misión que Cristo le ha confiado. Anuncia a todos el Evangelio, y respeta a quienes no quieren vivirlo. Pero pide al mismo tiempo reciprocidad en este respeto, es decir, pide ser respetada y ayudada (no obstaculizada ni obstruida) en el bien que propone al hombre. Un bien que se ha demostrado eficaz para la sociedad y para el mundo desde hace miles y miles de años. Un bien que hoy comparten millones y millones de personas, en España y en el mundo entero.

Nos alegramos de que el encuentro del Papa y del Presidente se haya desenvuelto en clima de respeto mutuo y de cordialidad. Todos los españoles saldremos beneficiados si aprendemos a convivir en paz. Nunca el precio de esa paz puede ser el silenciamiento o el disimulo de la belleza de la familia, tal como se ha mostrado estos días en Valencia, en torno al papa Benedicto XVI. Aunque a veces intenten amordazarnos, no podemos callar lo que hemos visto y oído (Hech 4,20).

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona