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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


El Espíritu Santo, una Persona divina
28 de Mayo de 2006

Cuando oímos hablar del Espíritu Santo, alguien puede tener la sensación de que es una cosa, una energía, un poder. Cuando la Biblia habla del Espíritu Santo nos lo presenta como un viento impetuoso o una brisa suave, como la fuerza que invade a una persona o la luz que la ilumina en su actuar. Aparece en la Escritura como fuego, como agua, como luz, como una paloma, etc.

Y, sin embargo, el Espíritu Santo es una persona, es una Persona divina. Es una de las tres Personas divinas, en las que vive el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo vive en la eternidad como el abrazo amoroso del Padre y del Hijo. Es Dios como el Padre y el Hijo. Con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado por nosotros, decimos en el Credo.

En la creación y en la historia, aparece desde el comienzo de manera discreta, aleteando sobre las aguas. Es el aliento de Dios, que convierte el caos en cosmos, que lo organiza todo según el plan amoroso de Dios para sus criaturas. El Espíritu de Dios es el que alienta al Pueblo de Dios y a sus jefes en las muchas dificultades que tienen que afrontar, y es el que viene sobre los profetas, haciéndoles hablar en nombre de Dios. El Espíritu Santo conduce la historia de manera eficaz hasta su plenitud.

Cuando ha llegado Jesucristo, y con él la plenitud de los tiempos, el Espíritu ha venido en abundancia sobre esa humanidad santísima, lo ha ungido, lo ha empapado del amor del Padre: “Este es mi Hijo amado…”. Roto en la Cruz, el cuerpo humano de Cristo ha expandido por todo el mundo, como un buen perfume, el Espíritu Santo que estaba contenido en este precioso recipiente. Por sus llagas gloriosas, de su Corazón traspasado, sale a raudales un agua viva que sacia la sed de todo el que se acerca a beber la verdad y el amor en Cristo.

Jesucristo y el Espíritu Santo van unidos inseparablemente. Son como las dos manos con las que el Padre lleva adelante su obra de salvación de toda la humanidad. El Espíritu Santo nos anima por dentro y nos remite continuamente a Jesucristo, visible en el cuerpo de su Iglesia. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, y en la Iglesia, siempre en comunión con ella, el Espíritu Santo es el alma de nuestra alma.

El Espíritu Santo vive en nosotros como en un templo. “Los que se dejan mover por el Espíritu, ésos son hijos de Dios”. “Si alguno me ama, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. Somos templo del Espíritu Santo, y hemos de dejar que él lleve la iniciativa y sea el que nos mueva en todo y para todo.

Con María, en esta semana previa a Pentecostés, pidamos que venga el Espíritu Santo y nos transforme, nos vivifique, nos divinice. Necesitamos una efusión fuerte del Espíritu Santo en nuestras vidas, en nuestra diócesis, en la Iglesia universal y en todo el mundo. Necesitamos cambiar de principio vital, para no dejarnos llevar de nuestras ocurrencias, sino actuar según el Espíritu.

Ven Espíritu Santo, ven continuamente sobre nosotros.

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona