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| Estad en vela La esperanza es el motor de la vida humana. No podemos vivir sin esperanza. A veces, pequeñas e inmediatas esperanzas; a veces, grandes proyectos, que ponen en marcha toda la existencia. Esta actitud de esperanza pertenece a la entraña profunda de la religión cristiana. Desde antiguo, Dios hizo promesas a nuestros padres que en la plenitud de los tiempos ha cumplido enviando a su Hijo único, Jesucristo. Dios cumple siempre sus promesas. Vale la pena poner en él nuestra esperanza. “Los que esperan en él, no quedarán defraudados”. El tiempo de adviento que hoy comenzamos nos sitúa en esa perspectiva de esperanza, que impulsa fuertemente la vida del hombre proyectándolo al futuro. No se trata de una esperanza colectiva, que nosotros mismos diseñamos. Por grandes que fueran nuestras aspiraciones, nos quedaríamos cortos ante lo que Dios quiere darnos. Ni tampoco se trata de una ilusión individual, que se lanza al futuro evadiéndose de un presente insoportable. La esencia del cristianismo no es la que critica Feuerbach, cuando hace consistir la religión cristiana en la alienación de quien construye un mundo fruto de su imaginación, estimulada por sus propias carencias. La esencia del cristianismo es una persona, y se llama Jesucristo. Jesucristo no es un mito que brote de nuestras carencias humanas. Jesucristo es un personaje histórico, es el sí de Dios, que brota de la abundancia pletórica de vida y del amor inmenso de Dios a los hombres. El cristiano vive a la espera de la venida de Jesús al final de los tiempos. Vendrá lleno de gloria, no ya humillado, como vino hace dos mil años. Vendrá para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. La esperanza del cristiano no es ni una ilusión ni un proyecto colectivo de los hombres. La esperanza del cristiano es la espera gozosa y serena de quien aguarda a que su Señor vuelva, para estar con él eternamente. El tiempo de adviento es tiempo de espera del Señor, que viene. La liturgia de este domingo nos invita a esperarlo en actitud vigilante y amorosa. Salgamos a su encuentro encendidas nuestras lámparas de la fe y del amor. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |