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| ¡Qué bien se está aquí! Iban camino de Jerusalén, es decir, iban camino de la Pascua, camino de la muerte que desembocaría en resurrección y en gloria. Habían comenzado un camino de pasión, como es el camino de la vida de toda persona en tantas ocasiones. Y Jesús tuvo con sus apóstoles la delicadeza de concederles un alivio, de anticiparles el final, de darles a saborear un poco de lo que Dios tiene preparado para los que le aman. Jesús y sus apóstoles subieron al monte Tabor, el monte de la luz. Y Jesús les deslumbró al manifestarles la gloria de su divinidad resplandeciente en su carne mortal. Esto es lo que iba a suceder en Jerusalén, el día de Pascua, cuando el cuerpo de Cristo resucitado se llenara de luz y de vida gloriosa para siempre. La transfiguración fue un anticipo. Pero antes tenían que recorrer el camino de la pasión, que desembocaría en la cruz. Introducidos en el tiempo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos invita constantemente a la conversión, a purificarnos de todos nuestros pecados y de sus secuelas, para llegar limpios y bien preparados a las fiestas de Pascua que se acercan. La vida cristiana es también ascesis, esfuerzo, como el que tiene que escalar una cima, que tiene que ir despojándose de todo lo que le estorba, para llegar más ágilmente a la meta. Pero en el horizonte está la luz, sabemos cuál es la meta. Y eso hace más llevadero el trabajo y el esfuerzo de cada día. Los ojos humanos están hechos para ver a Dios, para gozar de Dios, para estar con Dios. Por eso, Pedro no cabía de gozo, y cuando vio a Jesús transfigurado, expresó: ¡Qué bien se está aquí!. La vida sin Dios es insoportable, no tiene sentido. La vida con Dios es un estímulo permanente a la superación. A simple vista, muchos piensan que la vida cristiana es un esfuerzo que no está al alcance de todos, y se hacen perezosos para afrontar el camino hacia la verdadera santidad. El pecado ha dejado heridas profundas, que el simple esfuerzo humano no es capaz de curar: romper esa relación que me aparta de Dios y de mis obligaciones, superar este vicio que me tiene esclavizado, ser honrado en los negocios, sin engañar y sin aprovecharse de la situación, vivir en la verdad y rechazar la mentira. Jesús se ha hecho compañero en nuestro camino para mostrarnos el verdadero rostro de Dios, que es Padre lleno de misericordia, y para señalarnos la meta de nuestra vida, la de una plena transfiguración. Si caminamos con Jesús, si le dejamos que Él entre en nuestra vida y la vaya transformando, si andamos por el camino de sus mandamientos, iremos experimentando el gozo que sintió Pedro en el monte Tabor: ¡Qué bien se está aquí!. La Eucaristía es presencia viva de Cristo. Somos llamados a contemplarle y a adorarle en el Santísimo Sacramento, especialmente durante la Cuaresma. La vida del cristiano no es una vida triste. La vida del cristiano que vive con Jesús es una vida llena de sentido, incluso para afrontar la cruz que se vaya presentando en nuestro camino y para gozar siempre de la presencia de Aquel, que nunca nos abandona. La Cuaresma tampoco es una etapa triste de nuestra vida, es una etapa de preparación para un encuentro más hondo con Jesús durante los días del Triduo Pascual. Animados por el Espíritu del Transfigurado, caminemos hacia la Pascua, con el deseo de una profunda renovación en nuestra vida, de manera que podamos decir con Pedro:¡Qué bien se está aquí! Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |