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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


Santos y difuntos
4 de noviembre de 2007

Santos y difuntos nos hablan del más allá. Después de la vida presente, hay otra vida, que consiste en vivir con Dios para siempre, gozar de Dios, ser saciados plenamente por Dios. No estaremos solos, sino que estaremos en compañía de muchos hermanos, que ya han llegado a la meta o irán llegando a lo largo de los siglos. Llegada la muerte, no desaparecemos, sino que cambiamos de domicilio. Dios nos ha creado para que vivamos siempre, siempre.

El mes de noviembre es aquel “dichoso mes, que empieza por todos los santos y acaba con san Andrés”. Es el mes dedicado especialmente a recordar a nuestros difuntos y a todos los que ya descansan en el Señor.

Comenzamos el mes celebrando a todos los santos. Son los mejores hijos de la Iglesia. Nos dan ejemplo de todas las virtudes. Son personas llenas de humanidad y de vida, que han glorificado a Dios en sus vidas y han hecho mucho bien a los demás. Hombres y mujeres, padres y madres de familia, personas consagradas a Dios en la atención a los enfermos, a los ancianos, a la educación, a la evangelización en todos sus ámbitos, pastores de la Iglesia, papas, obispos y sacerdotes. Jóvenes y adultos, niños y ancianos.

En el catálogo de los santos hay un amplísimo abanico de modelos. Es impresionante el misterio de la Iglesia, que con las energías interiores de su maternidad ha madurado a todos estos hijos, los santos. Apoyados en la Iglesia madre, también nosotros somos gestados en esa nueva humanidad, que consiste en formar a Cristo en nosotros. También nosotros estamos llamados a la santidad. Esa es nuestra meta.

El recuerdo de los difuntos no es sólo recuerdo del pasado, añoranzas infantiles, experiencias vividas en común y que nunca se olvidan. Todo eso es bueno, pero el recuerdo de los difuntos para un creyente es contacto y comunión con los que han partido de este mundo, y están vivos para siempre. Es comunicación en el hoy de la eternidad con quienes un día compartieron el camino con nosotros. En la Eucaristía y en la oración esa cercanía se hace casi palpable.

Ellos han terminado su misión en este mundo y han sido llevados a la presencia de Dios para ser juzgados por sus obras. Todos seremos sometidos al juicio de Dios, y esperamos que ese juicio esté lleno de misericordia con nosotros, porque somos pecadores y hemos ofendido a Dios y a nuestros hermanos. Esa reparación en amor de nuestros egoísmos pasados, es el purgatorio.

Dios perdona siempre, cuando humildemente acudimos a su misericordia, pero con ese perdón hemos de restaurar la imagen de Dios en nosotros deteriorada por el pecado. El purgatorio supone un sufrimiento terrible, vivido en el amor a Dios y a los hermanos a quienes hemos ofendido. El purgatorio consiste en darnos cuenta de lo ingratos que hemos sido a un amor desbordante, al que no hemos sabido responder a tiempo. El dolor más grande consiste en verse incapaz de amar a quien amamos de verdad.

El purgatorio podemos adelantarlo ya en este mundo por medio de la penitencia sincera, por el ayuno, la oración, la misericordia con los demás, que redime nuestros pecados y nos hace hombres nuevos, capaces de amar. Y podemos ayudarnos unos a otros en esta preciosa tarea. El mes de noviembre es mes para recordar a nuestros difuntos en este sentido. Para orar y sacrificarnos por ellos, porque están vivos y necesitan nuestra ayuda, nuestros sufragios, nuestra intercesión.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona