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| Los duros trabajos del Evangelio “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (2Tm 1,8), le dice san Pablo a su discípulo Timoteo en la lectura de este domingo. Es decir, afronta la tarea de anunciar a Jesucristo, su vida, su obra, su doctrina, su muerte y su resurrección, aunque a veces te resulte fatigoso. La vida en la tierra es una lucha permanente en todos los terrenos. El que ha recibido el encargo de anunciar a Jesucristo no va a estar exento de esos trabajos ordinarios y de los que le vendrán precisamente por cumplir el encargo recibido. El propio san Pablo es un precioso ejemplo y un estímulo para todo el que asume la tarea de la evangelización. En varios pasajes de sus cartas relata los sufrimientos que le ha traído este encargo, que él ha cumplido apasionadamente: “Peligros de ríos, de salteadores… noches sin dormir, días sin comer, frío y desnudez. Cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado; tres veces naufragué, pasé un día y una noche en el mar…” (2Co 11,23s). La fuerza más potente contra la que se enfrenta el evangelizador es la del poder del Maligno, el demonio en persona. Él sale a nuestro encuentro de múltiples maneras, con mentiras, con engaños, él es «padre de la mentira» (Jn 8,44), presentándonos las cosas buenas como malas e insoportables y las cosas malas como atrayentes y fascinantes. La tarea principal del demonio es la de desanimarnos en el camino del bien. Este enemigo sólo se vence “con oración y ayuno” (Mc 9,29). “Pero en todo esto vencemos fácilmente por Aquel que nos amó” (Rm 8,37). Realmente, el discípulo de Jesús que afronta la tarea de la evangelización cuenta ante todo con la fuerza de Dios, que es más potente que su propia debilidad y más poderosa que todas las fuerzas contrarias, incluida la fuerza del Maligno. Cuando uno mira la historia de la Iglesia, no se le ocurre pensar que estemos en una época peor. Ha habido a lo largo de la historia situaciones de mayores dificultades objetivas, y la fuerza de Dios ha sostenido la debilidad de los cristianos y ha impulsado a los evangelizadores a llevar la buena noticia de Jesús a todos los hombres. La Iglesia ha pasado por momentos de persecución sangrienta, y ha revivido gracias a la sangre de los mártires. La comunidad de los discípulos de Jesús ha experimentado la falta absoluta de libertad externa, y, sin embargo, se ha acrisolado en la libertad interior, que proviene de Cristo: “Para que viváis en libertad, Cristo os ha liberado” (Ga 5,1). Vivimos tiempos recios, en los que muchos jóvenes han captado la belleza de Jesucristo, el hombre nuevo, y atraídos por Él son capaces de afrontar los duros trabajos del Evangelio, gastando su vida por los demás en lugares donde nadie de este mundo se lo va a reconocer nunca. “El justo vive de la fe” (Ha 2,4). Misioneros y misioneras, sacerdotes, laicos y consagrados. Nos encontramos con muchos matrimonios jóvenes, que afrontan la preciosa tarea de traer abundantes hijos a este mundo y educarlos en la fe cristiana. Nos sorprendemos cada día cuando vemos que un anciano o un enfermo terminal es atendido con todo el cariño del mundo, solamente porque es persona digna de todo respeto. Al comienzo de curso, os invito a todos a tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, sin temor al esfuerzo. Es donde mejor podemos gastar nuestras energías, sean muchas o pocas. Y cuando hayamos hecho la labor, digamos como nos enseña el Evangelio de hoy “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10). Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |