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| La Virgen María El tiempo de adviento es un tiempo mariano por excelencia. María está presente en la vida del pueblo cristiano todos los días del año, como lo está la madre en la vida diaria de una familia. Pero el tiempo de adviento es un tiempo especialmente mariano por varias razones. Primero, porque en este tiempo celebramos la fiesta solemne de La Inmaculada (8 diciembre), que, siendo fiesta universal, es fiesta especialmente en España, en todos los pueblos de España, porque es la patrona de España. Y además, porque durante el tiempo de adviento el centro es Jesucristo que, siendo Dios, ha entrado en la historia humana por el seno de María Virgen, haciéndose hombre verdadero. Nos preparamos de manera inmediata a la navidad, y esto hace que tengamos los ojos puestos en la madre que lleva al Salvador del mundo en su seno, para darlo a luz en la nochebuena. Volver los ojos a María es siempre un placer, en el mejor sentido de la palabra. No faltan tampoco quienes, llegadas estas fechas, insultan a la Virgen o nos la presentan reduciendo el misterio que en ella se ha realizado. Ello nos da ocasión para reafirmar y proponer de nuevo el misterio de la fe en lo que se refiere a María. La fe no la inventamos nosotros, nos viene dada y propuesta por la Iglesia madre. Maria es una mujer humilde y sencilla. Su grandeza no le viene de títulos humanos ni de su mucho esfuerzo, sino de lo grande que ha sido Dios con ella. Elegida para ser madre de Dios, vino al mundo ya libre de todo pecado, a diferencia de todos los mortales que venimos al mundo como pecadores. El pecado original es una realidad que pesa sobre todos nosotros desde que nacemos. Hemos contraído ese pecado, aunque no lo hayamos cometido (CEC 404). Nacemos en estado de pecado hasta que somos hechos hijos de Dios por el bautismo. María fue librada de esa mancha original Fue redimida más que nosotros y de manera singular, puesto que fue redimida preventivamente, antes de contraer el pecado original o de cometer ningún otro pecado personal. María es sin mancha, Inmaculada. Nosotros nacemos manchados, nos manchamos continuamente con nuestros pecados (graves o leves) y manchamos a los demás. María es llena de gracia. Ha sido adornada por Dios con la plenitud de gracia desde el comienzo. Nosotros somos agraciados por la continua misericordia de Dios que nos perdona y nos va haciendo hombres nuevos. Y con la gracia, María recibe las virtudes en grado superlativo y los dones del Espíritu Santo, que funcionan en ella de forma habitual. ¡Qué belleza la de María! Todo ello para ser madre de Dios y madre nuestra. Ella es “vida, dulzura y esperanza nuestra”. Mirarla a ella es sentirnos estimulados por el amor de Dios que quiere hacer en nosotros lo mismo que ha hecho en ella, en medida distinta a la suya. En ella desde el comienzo, en nosotros como remate final. Que en estos días miremos a María, tal como la Iglesia nos la presenta: Inmaculada, Virgen y Madre, Asunta al cielo en cuerpo y alma. No rebajemos la medida que Dios ha establecido para el hombre redimido. En María, eso ya se ha realizado. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |