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| La dictadura del relativismo Aquí cabemos todos, aquí no se excluye a nadie, aquí cabe todo de todo. Dicho así, parece una postura ideal, a la que todos hemos de aspirar. Sin embargo, esta postura es la más intransigente que puede darse en la convivencia humana. Esa postura es el llamado relativismo, donde todo es relativo, no hay principios absolutos, y a cada uno se le deja con su verdad, renunciando a que pueda conocerse la verdad objetiva, que sería válida y universal para todos. Cuando todo vale, todo ha perdido su valor. Da igual todo. No tiene sentido pensar, ni luchar, ni amar, ni sufrir, ni esperar. Se vive el momento presente, según los impulsos de ese instante. El hombre queda reducido a su esfera animal, y la razón no cuenta, ni la voluntad, ni ningún proyecto que se atenga a la verdad. A todo eso se le llama libertad, pero en realidad la persona queda disuelta y a merced de lo que quieran hacer con ella. Por el camino del relativismo, el hombre se diluye como un azucarillo y se desintegra. A esto conduce la expulsión de Dios de la vida del hombre y de la sociedad. El hombre se convierte en norma, y todo debe ser consensuado sin ninguna referencia previa. “Aquí no hay más ley que el Parlamento”, decía un político de nuestros días. Ni ley de Dios, ni ley natural, ni cultura previa, ni nada. Nosotros lo decidimos todo. Todas las opciones son igualmente válidas. Por ese camino, el hombre camina a la destrucción de sí mismo y de la sociedad. En este contexto se sitúa la famosa asignatura “Educación para la ciudadanía”, incluida en la nueva ley de educación. El título de la nueva asignatura es polivalente, y por tanto muy equívoco. Nadie se opone a que nuestros niños y nuestros jóvenes se eduquen para ser buenos ciudadanos. De eso se trata. Pero la “Educación para la ciudadanía” tiene dos vicios capitales. El primero, que impone a los padres una educación para sus hijos en la que los padres no cuentan. Más aún, se pretende “educar” contra los padres y sus convicciones, porque los padres tienen ya una educación dada, y hay que hacer saltar esa barrera. No se deja que los padres decidan. La asignatura es obligatoria para todos, porque el relativismo es la dictadura más fuerte que el hombre puede padecer. La enseñanza de la religión católica es de libre elección por parte de los padres y los alumnos. La “Educación para la ciudadanía” será obligatoria, la quieran los padres o no. Y el segundo vicio capital reside en los contenidos. Toda la ideología de género, dominante de manera implacable en el pensamiento único al uso, encuentra en esta asignatura su cauce difusor más apropiado. La identidad de la persona como varón o mujer ya no se hará por los signos genitales evidentes, reconocibles incluso desde el seno materno por ecografía. No. A la identidad que viene dada por la naturaleza debe sustituirle el “genero”, es decir, lo que cada uno quiera y elija ser: varón o mujer, homosexual o heterosexual, y esto con facilidad para cambiarlo en cualquier momento, cuando le plazca. Aquí cabe todo. La “Educación para la ciudadanía” pretende hacernos comulgar con ruedas de molino. Y nadie puede oponerse ¿Cabe mayor dictadura? Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, y nadie puede ni debe sustituirlos en esta responsabilidad. Ellos deben defender con todos los medios legítimos a su alcance este derecho, que nadie puede arrebatarles. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |