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| Martirio, el amor más grande Casi 500 nuevos beatos son proclamados hoy en la plaza de san Pedro de Roma como los mejores hijos de la Iglesia católica en su larga y dilatada historia. Tienen rostros concretos. Sus nombres y apellidos están escritos en los registros de nuestra reciente historia de España. Sus familiares viven entre nosotros. Han regado abundantemente nuestro suelo con su sangre martirial. De su sangre han brotado nuevos y más abundantes cristianos, entre los que se encuentra cada uno de nosotros. Se trata de una gran fiesta de la fe, de la alegría de ser cristiano. Es un anticipo del triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. Es una prolongación de la victoria de Cristo muerto de amor por nosotros y resucitado al tercer día. Cristo aparece como el centro del cosmos y de la historia humana. Cristo aparece en este día como el que ha vencido por amor en el corazón de cada uno de estos nuevos beatos. La Iglesia ha seguido un proceso minucioso, al que puede acceder cualquier investigador, acerca del martirio de cada uno de ellos. Tres son las condiciones que marca la misma Iglesia para declarar mártir a uno de sus hijos: 1) que haya muerto realmente. 2) que haya muerto por odio a la fe. 3) que haya muerto aceptando su martirio, glorificando a Dios y perdonando a sus verdugos. No vale cualquier muerte o asesinato para declarar a uno mártir de Cristo. Tiene que morir por Cristo. Muchos muertos habrá en la historia de la humanidad que merezcan el título de héroes, porque han dado su vida por una causa noble. Otros habrán muerto por traición o como fruto de la venganza de los hombres. Los mártires son otra cosa. Son aquellos que han muerto por amor a Cristo y a su Iglesia. Y esto debe ser demostrado en cada caso. Esto ha sido demostrado en el caso de los que hoy son proclamados beatos, intercesores nuestros en el cielo. Los mártires no han matado a nadie, no han luchado en ningún frente de guerra, de manera que, como sucede en todas las guerras, unos caen aquí y otros caen allí. Los mártires no son caídos de la guerra , ni efectos colaterales de la misma. Ellos estaban en su puesto de trabajo, en sus casas, cumpliendo sus obligaciones, y fueron buscados por ser obispos, curas, frailes, monjas o seglares católicos. Fueron llevados al paredón en un momento de virulenta persecución contra Dios y contra la religión católica. Su muerte fue provocada directamente por el odio contra la fe Ellos se dieron cuenta de lo que pasaba y de lo que se les venía encima y resistieron con una fuerza sobrehumana, la fuerza que proviene de Dios, confesando la fe y aclamando a Cristo como su único Señor. Quienes los mataban pensaban que acababan con ellos, pero ellos fueron más fuertes que sus verdugos. Ellos murieron amando con un amor más grande que el odio que quería destruirlos. En ellos triunfó el amor . Para nada colaboraron ellos con la violencia, sino que la sufrieron en un acto supremo de amor. Hoy celebramos en la plaza de san Pedro de Roma, epicentro de la Iglesia católica, el triunfo del amor en el corazón de estos 500 beatos. Ellos son un estímulo para la paz y la reconciliación en nuestra tierra. Ellos han dado un fuerte impulso a la civilización del amor . Que estos nuevos beatos, familiares y conciudadanos nuestros, nos alcancen a todos la fortaleza en la fe para disipar hoy toda sombra de muerte y anunciar con nuestra vida que Cristo es Señor de la historia y de nuestros corazones. La última palabra no la tiene el odio, la última palabra la tiene siempre el amor. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |