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++ Cartas al Pueblo de Dios ++


Un nuevo sacerdote, un gran regalo de Dios
29 de julio de 2007

El próximo 5 de agosto domingo, si Dios quiere, será ordenado presbítero para nuestra diócesis el diácono José Antonio Zazu Lafuente , que ha servido en su etapa diaconal la parroquia de Borja. Por eso, su ordenación se celebrará en la Colegiata de Borja, ese domingo a las 6 de la tarde. Demos gracias a Dios.

Uno no nace ya sacerdote, sino que va haciéndose, en la respuesta fiel a la llamada de Dios. El sacerdote es, por tanto, regalo de Dios para su Iglesia desde distintos aspectos. En primer lugar, porque es Dios el que llama y lo hace sentir en el corazón del que es llamado. Y además, porque la respuesta a esta llamada es gracia que acompaña y fortalece la libertad del elegido para entregar su vida generosamente al Señor.

En tiempos de escasez, es más precioso el don de un nuevo sacerdote, como una caricia de Dios que nos llena de esperanza. Por eso, estamos contentos y damos abundantes gracias a Dios, que sigue bendiciendo nuestra diócesis con este don tal alto. Ello nos estimula a continuar orando por las vocaciones sacerdotales.

Sin sacerdote no hay Eucaristía. Sin Eucaristía no hay Iglesia. Un nuevo sacerdote garantiza la presencia eficaz de Cristo en medio de su Pueblo, es sacramento personal de Cristo. Un sacerdote habla con la autoridad de Cristo, en la plena comunión eclesial, para enseñar al Pueblo de Dios la verdad que nos salva. Un sacerdote hace presente la acción santificadora de Cristo y de su Espíritu, especialmente a través de la Eucaristía, del perdón de Dios y de los demás sacramentos. Un sacerdote va delante del rebaño, como el buen pastor, dando la vida por sus ovejas, siendo él mismo forma y modelo del rebaño, y reuniendo a todas en la comunión eclesial con los pastores y con todo el pueblo fiel. En la Iglesia fundada por Cristo, un sacerdote es pieza clave para la redención del mundo.

Por eso os pido a todos que oremos por nuestros sacerdotes . Ellos, al entregar su vida a Dios para el bien de los hermanos, van configurándose a Cristo y han de dar testimonio constante de fidelidad y de amor. Un sacerdote, por ser sacerdote, ha de ser un sacerdote santo. Así los quiere el Pueblo de Dios y así los quiere Dios ¡Cuánto bien hace a la Iglesia y al mundo un sacerdote santo, puro, entregado, sin buscar sus intereses o su provecho, sino buscando la gloria de Dios y el bien de sus hermanos los hombres!

Todas las reformas de la Iglesia a lo largo de la historia han tenido como punto clave la reforma del clero, la reforma de su vida espiritual y de sus costumbres. Un sacerdote santo da lustre a la comunidad que se le confía, hace crecer la vida cristiana en el corazón de sus fieles y esparce un tono de vida a su alrededor, que eleva al hombre en su pobre condición humana. Un sacerdote así es un bien inmenso para la humanidad, porque el hombre sólo llega a su plenitud cuando se encuentra con Dios y alimenta esta relación que le redime. La civilización del amor brota de un corazón redimido.

En los tiempos recios que nos toca vivir, necesitamos sacerdotes de cuerpo entero, cuya única aspiración sea la santidad, la propia y la de sus fieles. Sacerdotes que arriesguen su vida y la entreguen a fondo perdido. Sacerdotes que siembran paz y alegría a su alrededor, porque ellos mismo viven el gozo de pertenecer al Señor. Sacerdotes que crean comunión y fraternidad en su entorno, hermano entre sus hermanos.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona