++ Cartas al Pueblo de Dios ++

 

Una buena confesión
9 de marzo de 2008

 

Se acercan los días santos de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Se acerca la Pascua del Señor, la “pascua florida”, como decimos popularmente. Y tenemos que preparar nuestro corazón debidamente. Llegados estos días santos, nos acercaremos a la mesa del Señor para comulgar el cuerpo y la sangre del Señor en la Eucaristía. Hay que limpiar el corazón y poner cada cosa en su sitio, como se limpia y se coloca la casa para los grandes acontecimientos. En este caso, para un encuentro más intenso con Dios.

 

Jesucristo ha venido a perdonarnos, nosotros nos acercamos a pedirle perdón. Para recibir el perdón, el camino ordinario es el de acercarse a confesar, diciendo todos y cada uno de los pecados que recuerdo haber cometido, pues si callo intencionadamente algún pecado mortal, la confesión no me vale; estropeo y profano el sacramento del perdón.

 

Tampoco vale si me acerco con todos y recibo colectivamente la absolución. La absolución colectiva no perdona los pecados, más que en las ocasiones establecidas por la Iglesia. En nuestra diócesis de Tarazona no se dan tales ocasiones. Si un sacerdote, abusando del poder recibido de Dios para perdonar los pecados, intenta dar la absolución colectiva, no transmite el perdón de Dios y profana el precioso sacramento. No se trata sólo de una falta de disciplina, que ya es grave en asunto tan importante y tan delicado. Se trata, además, de que el perdón de Dios no fluye por ese cauce, y los fieles son engañados.

 

Queridos fieles todos: La confesión ha de hacerse después de un examen de conciencia sereno. Ayuda para esto, por ejemplo, repasar los diez mandamientos, como palabras de vida con las que uno contrasta su vida concreta. Uno ha de acercarse a confesar, como el que se acerca ante Dios para alcanzar misericordia, con confianza, sin miedos. Debe decir todos los pecados. No basta con decir “soy pecador”. No. Debe concretar en qué puntos se ha apartado de Dios, y expresarlo con humildad y arrepentimiento, deseando sinceramente no volver a pecar y poner los medios para evitarlo.

 

Queridos sacerdotes: Gracias por las horas que dedicáis a esta hermosa tarea. He dedicado muchas horas en mi vida de cura a este ministerio, y ahora lo echo de menos, porque no puedo dedicarle tantas. Preparad con esmero las confesiones de los niños, ayudad a los jóvenes a llamar los pecados por su nombre, acompañad a los adultos, llevad a todos siempre a la libertad y al gozo de sentirse hijos de Dios perdonados por un Padre misericordioso. No profanéis nunca el sacramento del perdón. Sed ministros humildes del perdón de Dios para los hombres, observando escrupulosamente los cauces establecidos por la Iglesia.

 

El sacramento de la penitencia, que incluye la confesión de los pecados, es una ocasión propicia para la acogida y la escucha del pecador que se acerca arrepentido. Es un momento delicado que no podemos despachar con prisa. El hombre de hoy necesita ser escuchado sin prisa. Además, ese encuentro de salvación es una oportunidad preciosa para el trato personal, para el consejo oportuno, para la formación delicada de la conciencia en fidelidad a la doctrina de la Iglesia. El sacramento del perdón bien realizado es un cauce precioso de evangelización.

 

Acerquémonos todos, queridos fieles, a recibir el perdón de Dios en estos días santos. Una buena confesión nos da la paz de Dios y nos hace entender que, apoyados en Dios y en su gracia, podemos caminar hacia la santidad, aún siendo pobres pecadores.

 

 

Con mi afecto y bendición:

 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona