++ Cartas al Pueblo de Dios ++

 

Ven, espíritu santo
11 de mayo de 2008

 

El tiempo de Pascua culmina con la fiesta de Pentecostés. A los cincuenta días de la Pascua, Jesús ascendido al cielo envió al Espíritu Santo desde el seno del Padre sobre los Apóstoles reunidos en oración con María. La Pascua de Pentecostés quiere producir en nosotros, en la Iglesia y en el mundo una nueva efusión del Espíritu Santo.

 

¡Ven, Espíritu Santo! Él es el alma de la Iglesia, el principio vital que la alienta, que la aglutina en un solo cuerpo. Cada uno ha recibido dones y carismas para el bien de todo el cuerpo. El Espíritu Santo hace que tales dones no se enfrenten unos contra otros, sino que coincidan a favor de la unidad enriquecida. Necesitamos al Espíritu Santo para que la riqueza de cada uno no le aparte de la comunidad, sino que le una más con todos.

 

Los dones y carismas en la Iglesia no se dan en contra de lo establecido por Jesucristo. El Señor ha constituido en su Iglesia a los apóstoles (con Pedro) y sus sucesores los obispos (con el Papa), con el mandato de que disciernan tales carismas y los autentifiquen. Una persona o un grupo no pueden ir de “por libre” en la Iglesia, sino que han de someterse a la autoridad de los pastores para autentificar los dones recibidos.

 

En nuestro tiempo, el Espíritu ha regalado a la Iglesia abundantes dones y carismas, que la embellecen. Una nota distintiva de eclesialidad de tales carismas es su amor al Papa y a los Obispos en comunión con él. Un amor que se traduce en obediencia gozosa a las indicaciones que hacen los pastores, en acogida agradecida de su magisterio. Cuando hay rebeldía, espíritu crítico, disgusto sistemático por lo que proponen los pastores de la Iglesia, ahí no está el Espíritu Santo, hay no habrá fecundidad espiritual ni apostólica. Por eso, repitamos una y otra vez: ¡Ven, Espíritu Santo!

 

El Espíritu Santo concede el gozo de ser cristiano, la valentía de dar testimonio de ello, la fortaleza para enfrentarse a las dificultades que uno encuentra para serlo. Hoy ser cristiano no es nada fácil. Los esposos que se abren generosamente a la vida son criticados por las personas más cercanas y por la sociedad, que no soporta este testimonio evangélico. Los jóvenes que quieren vivir la castidad y valoran la virginidad son despreciados por sus propios compañeros de clase. El profesional que quiere ser honrado encuentra dificultades y recibe continuas propuesta de corrupción, “porque todo el mundo lo hace”. Por eso, es necesario repetir. ¡Ven, Espíritu Santo!

 

El Espíritu Santo es dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Él nos da interiormente la dulzura del bien, la fortaleza ante la adversidad, nos regala continuamente con sus siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza ciencia, piedad y temor de Dios (cf. Is, 11,1-2). Él nos regala continuamente con sus frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (Cf. Ga 5,22-23)

 

Necesitamos al Espíritu Santo. Necesitamos un nuevo Pentecostés. Vivamos esta Pascua abiertos al Espíritu Santo.

 

 

Con mi afecto y bendición:

 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona