++ Cartas al Pueblo de Dios ++

 

Semana Santa
16 de marzo de 2008

 

En los días de Semana Santa celebramos solemnemente el misterio cristiano. Jesucristo es el centro de la vida de la Iglesia a lo largo de todo el año, pero en estos días tiene un protagonismo especial. Entremos de lleno en la Semana Santa. Las celebraciones litúrgicas constituyen el centro de la misma, y junto a ellas las expresiones de la religiosidad popular que se expresa con procesiones y tambores. Participemos con toda el alma, y con el corazón bien dispuesto por una buena confesión.

 

Comenzamos por el Domingo de Ramos. Jesucristo entra en Jerusalén aclamado por la multitud, aplaudido por la gente. Los niños y los jóvenes, libres de prejuicios,  reconocen en él a Mesías que tenía que venir, y se llenan de entusiasmo aclamándolo con cantos. Algunos mayores se sienten molestos, y Jesús interviene: “Si éstos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,40). Jesús entra en Jerusalén a lomos de una borriquilla, en son de paz, por el camino de la humildad y la mansedumbre. Él es rey, pero no impone por la fuerza su reinado. Emplea para ello las armas del amor. Ante él, la libertad de cada hombre es invitada a una respuesta de amor.

 

La Misa Crismal se celebra este año en la mañana del martes santo (a las 11,30 en san Francisco, de Tarazona). Es una celebración que preside el obispo para toda la diócesis y a la que todos estáis invitados. La Iglesia se expresa y se construye en la celebración de la Eucaristía. En esta Misa Crismal se bendicen los santos óleos y se consagra el santo Crisma para la celebración de los sacramentos durante todo el año en toda la diócesis. Los sacerdotes renuevan ante el obispo sus promesas sacerdotales. En esta celebración, la Iglesia se viste de largo y se engalana, como una esposa para su esposo.

 

El Jueves santo celebramos la última Cena, durante la cual Jesucristo instituyó la Eucaristía, sacramento del amor y de la unidad en la Iglesia. En esta Cena Jesús anticipó su entrega sacrificial. “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, lavó los pies a sus apóstoles en actitud de humildad y de servicio, dejándonos el mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”, y a estos mismos apóstoles les dijo: “Haced esto en memoria mía”, instituyendo así el sacramento del orden. Este día somos invitados a adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento.

 

El Viernes santo es día de penitencia, de ayuno y de abstinencia de carne, porque celebramos la muerte de Jesús en la cruz. En todas las parroquias rezamos el vía crucis y participamos dolorosos en la muerte redentora del Señor. La procesión del Santo Entierro nos invita a venerar el cadáver de Cristo, que depositamos en el sepulcro en espera de la resurrección. Su Madre dolorosa, espera en la soledad el triunfo de su Hijo.

 

Y el Sábado santo trascurre sin celebraciones de ningún tipo. Nos preparamos al gran acontecimiento de la resurrección, que tendrá lugar en la vigilia pascual, celebrada en la noche. La Vigila Pascual es la celebración más importante de toda la Semana Santa. La Semana Santa no termina el viernes santo. El misterio cristiano no termina en la muerte. Cristo ha resucitado, y por eso somos creyentes. En la Vigilia Pascual renovaremos nuestras promesas bautismales y seremos iluminados con la luz de Cristo resucitado, que disipa todas las tinieblas del mundo.

 

Que estos días santos los vivamos santamente. Con mi afecto y bendición:

 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Tarazona