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| Para que no sufra En la Visita Pastoral a cada parroquia no dejo nunca de visitar a los enfermos. Era una de las tareas preferidas de Jesús, la de acercarse a los enfermos, bendecirlos, y en muchas ocasiones quedaban curados. El obispo se acerca para consolar, compartir los sufrimientos y dar una palabra da aliento. Lo mismo hacen los sacerdotes, las religiosas, y tantas personas buenas que sirven en las parroquias en este campo. La situación de enfermedad, a la que se añade muchas veces la ancianidad y la consiguiente soledad, es una situación de especial pobreza por la que todos habremos de pasar antes o después. Y es al mismo tiempo una situación privilegiada para captar el amor de Dios y el amor de los demás, porque en momento de debilidad está uno más disponible para dejarse querer. “Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana”, nos recuerda Benedicto XVI en su reciente encíclica sobre la esperanza (Spe salvi, 38). El cristiano, por tanto, hace todo lo posible por aliviar los sufrimientos de los demás, pero sabe que en último término el hombre tiene que sufrir en la tierra y lo importante es que sufra con sentido. “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo que ha sufrido con amor infinito” (Ss, 37), añade el Papa. En una sociedad como la nuestra, en la que llevamos tanta prisa y en la que se busca el placer a toda costa, el primer intento es el de suprimir, sea como sea, el sufrimiento. Y sin embargo, lo más urgente no es suprimir, sino dar sentido a ese sufrimiento. Porque la redención del mundo se ha realizado por el camino del sufrimiento voluntariamente asumido por amor en la Cruz de Cristo. Me ha impresionado gratamente encontrarme con bastantes enfermos terminales (algunos ya han muerto), que son atendidos con todo esmero por sus hijos, por sus hijas especialmente. Detrás de ello se esconde un amor gratuito muy grande, que incluye mucho sacrificio y que durante años y años tiene a los miembros de la familia volcados sobre el enfermo. Una vez más la familia es lugar privilegiado de amor auténtico. Pero fácilmente constatamos que esa tendencia a esquivar el sufrimiento está llevando a nuestra sociedad a marginar al que sufre e incluso suprimirlo para que no sufra. Es una falsa compasión, que camufla un gran egoísmo. Una sociedad que no quiere tener hijos, que no es capaz de generar el relevo generacional, no será capaz de dar sentido al sufrimiento de los enfermos terminales. Ya se dan casos en los que al enfermo terminal, se le suministra una química que no cura, que ni siquiera es paliativa, sino que va directamente a eliminar la vida del individuo cuanto antes, para que no sufra. La familia cristiana está llamada a dar en este campo un valiente testimonio, como lo ha hecho tantas veces, de que la vida es sagrada, es don de Dios, y debe ser respetada hasta su muerte natural. Vale la pena trabajar por la familia, también en este campo de los enfermos y de las personas dependientes. El sufrimiento del enfermo y de quienes le atienden tiene un gran valor, unido al sufrimiento de Cristo redentor del hombre. Con mi afecto y bendición: + Demetrio Fernández |