Cartas al Pueblo de Dios

Un cambio desde dentro

El camino hacia la Pascua tiene una meta clara: la transfiguración de nuestras personas hasta llegar a ser en plenitud hijos de Dios. Esto es la santidad, a la que todos estamos llamados. De pecadores, a santos. Toda una transfiguración, todo un cambio, que ha de realizarse en nuestra vida desde dentro

El segundo domingo de cuaresma es el domingo de la transfiguración del Señor. Jesús subió a un monte alto en compañía de los tres apóstoles más cercanos y allí se transfiguró delante de ellos. “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos” (Lc 9,29). Es decir, dejó traslucir su identidad divina en la carne humana. Y su cuerpo humano se llenó de gloria, como si estuviera resucitado. Jesucristo Dios y hombre, Dios lleno de gloria y hombre velado en la carne humana, que como en un anticipo de lo que será la resurrección deja traslucir su identidad divina en la humildad de la carne humana, anticipando su glorificación y la nuestra.

En el camino de la cuaresma hacia la Pascua, la meta está clara. Dios no quiere de nosotros un simple cambio exterior, como un barniz que se despostilla. Dios quiere realizar en nosotros un cambio profundo. Dios quiere divinizarnos, haciéndonos “partícipes de su naturaleza divina” (2Pe 1,4).

Las prácticas cuaresmales del ayuno, la oración y la limosna quieren entrenar nuestro corazón para hacerlo capaz de Dios, para hacerlo capaz de amar, para hacerlo semejante al corazón de Cristo. No tiene sentido el ayuno, si no es para “adelgazar” de nuestros vicios y disponer nuestro espíritu para la gloria de Dios en nosotros. La oración nos va comunicando el gozo de Dios y la participación con Cristo redentor en los misterios de su pasión. El ejercicio continuo de la caridad, de la limosna, de la misericordia hacia los demás nos va descentrando de nosotros mismos para estar volcados hacia las necesidades de los demás. Todo mira a lo mismo: transfigurar nuestra vida, dejando que sea el Espíritu Santo el que mueva todo nuestros actos, porque “los que se dejan mover por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios” (Rm 8,14).

“Qué bien se está aquí”, dice Pedro ante esta experiencia de encuentro con Jesús transfigurado. El corazón humano está hecho para gozar de Dios, y cuando nos llegan los destellos de esa presencia de Dios en nuestra vida, sentimos un gozo inexplicable, que no quisiéramos que pasara nunca. Pues bien, eso es lo que Dios quiere concedernos: un gozo como ese, pero sin que se acabe nunca, nunca. Esa es la gloria, a la que todos estamos llamados, y que ya comienza en nuestra vida por el don de Dios en nosotros.

El camino de la cuaresma hacia la Pascua es como una parábola de la vida humana. El hombre es capaz de soportar todo tipo de privaciones cuando tiene clara la meta hacia la que camina. Jesucristo muestra su gloria a Pedro y a los apóstoles para ayudarles a soportar la cruz con la que van a encontrarse  poco después. La cruz viene, pero somos capaces de soportarla si hemos contemplado previamente la gloria que se ha manifestado en el rostro de  Cristo.

Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández,
Administrador Apostólico de Tarazona