Cuarto domingo de Cuaresma
Del amor del Padre por el mundo

Evangelio: Jn 3, 14-21

El texto de hoy es una presentación del misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz también se proclama de una forma más breve.

El texto hace una evocación del libro de los Números (21, 4-9). En el camino hacia la Tierra Prometida, el pueblo de Israel siente la falta de agua y murmura gravemente contra el Señor. Él permite una invasión de serpientes venenosas que causan estrago en el pueblo. Moisés levanta una serpiente de bronce en un mástil e invita al pueblo a mirarla; aquellos que lo hacen quedan curados.

La Iglesia, a la luz del Evangelio de hoy, siempre ha interpretado el texto de Números como un anuncio de la Cruz de Cristo que trae la salud a quien la mira.

Hay también otro texto del AT en el libro de la Sabiduría (16, 5-13) que habla de este pasaje de las serpientes del desierto y que también se ve reflejado en la lectura de hoy.

Jesús, alzado en el árbol de la Cruz, es para San Juan un signo de su exaltación gloriosa y presenta a Cristo en la Cruz no como un condenado, sino como al Señor, al Rey que reina y vence victorioso para traer la salud, la salvación.

A la vez es manifestación del amor del Padre hacia los hombres y el mundo que ha enviado al Hijo no para condenarlo por sus pecados sino para que por Él se salve.

Este juicio misericordioso de Dios sólo tiene una condición, que es la de creer en el Hijo, la de acercarse a Él, que es la luz, renunciando a vivir en las tinieblas del error y del pecado. De esta forma, en este juicio hay dos polos: por una parte el incondicional amor del Padre manifestado en la Cruz de Cristo, por otra la aceptación por parte del hombre de esta misericordia.

El que obra o realiza la verdad porque se adhiere a la Verdad, que es Cristo, se identifica con el Señor, realiza las obras de la Luz y anuncia con su misma vida, con amor y con gozo, la obra del Salvador, de esta forma se convierte en transmisor del juicio amoroso del Padre hacia el mundo.

AT: Cró 36, 14-16. 19-23

El libro de las Crónicas es un libro que, como su nombre indica, nos presenta una narración histórica del pueblo. Resume la predicación profética hacia un pueblo pecador que, en masa, desde el Rey hasta los sacerdotes, causa con su desobediencia e infidelidad la catástrofe nacional y el exilio a Babilonia.

Pero esta historia es también una muestra de la pedagogía de Dios, que siempre busca el bien de su pueblo, aun cuando tiene que castigarlos para que de esta forma tengan que purificar su conducta y volver a la fidelidad a la Alianza.

Para hacer volver al pueblo del destierro, el Señor elige a Ciro, un rey pagano. Éste, sin saberlo, realizará los planes de Dios y así comenzará la reconstrucción del Templo signo de una nueva renovación de la Alianza.

Epístola: Ef 2, 4-10

Nuevamente en esta lectura se nos presenta la fuerza del amor de Dios, su misericordia, capaz de salvarnos de la muerte del pecado; la inmensa riqueza de gracia mostrada para todos en Cristo Jesús.

Esta gracia exige, para traernos la salvación, que la aceptemos, es decir que nos pongamos confiadamente en sus manos para que Él actúe en nosotros y haga de nuestra vida una obra suya que proyecta en todas sus acciones la presencia y el amor de Dios.

Podemos decir que este cuarto domingo de Cuaresma gira todo él alrededor del amor de Dios, bajo diversos aspectos. Así nos lo han presentado las distintas lecturas.
1. Este domingo nos puede ayudar a ponernos personalmente ante el amor de Dios, cuando alguien descubre de una manera profunda esta realidad queda transformado. La vida cristiana es una vida en el amor, todo lo hacemos por el amor de Dios.
2. La máxima expresión del amor es la Cruz de Cristo, en la que tanto amó Dios al mundo. Mirar la Cruz es quedar curados, mirar la Cruz como lugar de salvación es sentir su fuerza renovadora, un impulso en la vida cristiana y a ser y actuar como Él.
3. Vivir en el amor de Dios es comprender con ojos nuevos que todo en nuestra vida es don y regalo de su amor, y que, aun en los momentos mas dolorosos o incomprensibles, Dios está presente procurando nuestro bien y nuestra liberación.


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