Nota sobre los Salmos
No hemos comentado los Salmos responsoriales. Esto no quiere decir que se les quite la gran importancia que tienen en la Liturgia de la Palabra. Los Salmos de estos domingos, que ayudan a crear una respuesta a la Palabra del Señor, colaboran también a poner voz a nuestra oración y a pedir cada domingo al Señor lo que conviene en este camino de Cuaresma.
El Directorio litúrgico pastoral nos dice: “El salmo responsorial y el ministerio del salmista” (DSS 3) “Desde sus comienzos y siguiendo el ejemplo de Jesús, que oraba con los salmos, la Iglesia tuvo acceso al uso de los salmos en la plegaria común. La utilización del Salterio en la liturgia cristiana primitiva fue una consecuencia de la recepción en la Iglesia de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento: La Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos, cuyo cumplimiento en Cristo y sentido último reveló el Señor a sus discípulos.
Sin esta certeza es imposible comprender la estructura de la liturgia de la palabra, formada por lecturas, cantos (salmos) y oraciones, como expresión del diálogo entre Dios y su pueblo y de la participación de los fieles, que tuvo en el salmo responsorial uno de los ritos que nutrieron más abundantemente la espiritualidad cristiana. Así lo pusieron de relieve los Santos Padres en sus catequesis y sermones, como este texto de san Juan Crisóstomo: «Tú haces un pacto con Dios, tú firmas un pacto con él, sin tinta ni papel. Tu voz proclama que lo amas, que lo prefieres a todo, que vives encendido en amor por él. No cantemos la respuesta con rutina, sino tomémosla como bastón de viaje. Las respuestas que tú has cantado, no una sola vez, ni dos, ni tres, sino muchas veces, recuérdalas con interés y entonces serán para ti de gran consuelo. Yo os exhorto a no salir de aquí con las manos vacías, sino a recoger las respuestas como perlas, para que las guardéis siempre, las meditéis y las cantéis a vuestros amigos».”
En el número 4 del mismo documento también se nos dice: “El salmo responsorial «es parte integrante de la liturgia de la palabra” (OGMR, 61). No es un canto cualquiera, sino que es el canto de la Mesa de la Palabra. A san Agustín le gustaba tomarlo como base de su homilía.
Según el Nuevo Testamento, hay una historia de Jesús no sólo en la Ley (el Pentateuco) y en los Profetas, sino también en los Salmos. Cristo resucitado, según el testimonio de Lucas, habla de lo que se ha escrito de él «en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lc 24, 44).
En la liturgia, los salmos tienen una interpretación cristológica. Por una parte, quien sufre, suplica, ora, cree, espera o da gracias, es el Hijo del hombre en el que se resume toda la humanidad; por otra parte, el Salvador a quien se dirigen nuestras plegarias, es Cristo resucitado que intercede, sentado a la derecha del Padre, por todos nosotros.
En Jesús no se perdieron los salmos; se transfiguraron. La Iglesia ha orado con Él los salmos a lo largo de los siglos, como un inmenso coro que acompaña al único solista ante Dios, que es el Hijo.
En los salmos se nos revela el rostro de Cristo. «Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro» (Sal 27, 8). En las lamentaciones se nos muestra el rostro del hombre de dolores; en los salmos del reino, el rostro del resucitado; en los salmos sapienciales, el rostro de maestro de sabiduría; en los salmos de súplica, el rostro de imploración; en los salmos hímnicos, el rostro de alabanza y bendición. «¿Cómo nos atrevemos a sustituir ese rostro adorable, cuyos rasgos han sido trazados por el Espíritu Santo, por otro rostro, cuyos rasgos, fruto de la imaginación humana, nos propone un canto?».
El salmo es Palabra de Dios, en sentido estricto. Palabra poética, lírica, pero Palabra de Dios. Hemos de velar con el cantor, el salmista o el coro que tenemos para que no se sustituya, en ningún caso, esa Palabra de Dios por un canto cualquiera por muy bonito que sea.
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