Segundo domingo de Cuaresma:
La Transfiguración del Señor

Evangelio: Mc 9,1-9

En el segundo domingo de Cuaresma la liturgia del día nos presenta como centro de toda la celebración la Transfiguración del Señor, ésta sucede según la narración evangélica, común a los tres Evangelios sinópticos.

Cuando Jesús ha llegado a este momento de su vida pública ha cumplido prácticamente su misión, pero a pesar de todo ello sólo un grupo de discípulos ha permanecido con él. Antes  de este acontecimiento de la Transfiguración, Pedro ha confesado su fe en Jesús, le ha dicho. “Tú eres el Cristo” (Mc 8,29b) y ha sido el momento elegido por el Señor para anunciar su muerte y su resurrección que, a su vez, causa el escándalo de Pedro (Mc 8,32).

Después de esto Jesús sube al monte, como vemos hoy, con Pedro, Santiago y Juan, para orar al Padre y allí recibe lo que podemos llamar la confirmación a su itinerario que lo va a llevar a la Cruz. Hay dos momentos en la vida pública de Jesús: la primera después del Bautismo, donde el Espíritu desciende sobre Él y le impulsa a la predicación, hace la llamada de los discípulos, la elección de los doce, los signos y los milagros; y una segunda parte que comienza con la transfiguración y culminará con su muerte y resurrección.

En griego transfiguración es metamorphosis que debemos leer en un doble significado: en cuanto Dios Él mismo se transfigura con la energía divina de quien es Dios y en cuanto a hombre fue transfigurado por la energía divina que no le viene de fuera de su humanidad sino del interior de ella.

Debido a esta teofanía se transforma con la blancura y el resplandor de la victoria final, y, además, Moisés y Elías se hacen presentes. Los dos han prefigurado al Mesías salvador: Moisés murió pero nunca se conoció su sepulcro; Elías fue llevado al Cielo en un carro de fuego, los dos fueron también transfigurados en una montaña: el primero en el Sinaí y el segundo en el Horeb, que son los dos nombres que recibe el mismo monte. También los dos se han visto solos y abandonados por el pueblo como Jesús. Los dos representan los dos pilares de la revelación: la Ley y los Profetas.

Pedro, que contempla con estupor lo que sucede, sugiere la construcción de tres tiendas, que algunos autores interpretan como una evocación de una fiesta importante de Israel como es la de la Tiendas, en la que se purifica el altar del templo con agua y se encienden las luces del Templo, se sacrifica el cordero y se pide el Espíritu para todo el pueblo. Marcos comentará que Pedro no sabía lo que pedía y dice esto porque el pleno cumplimiento de lo que ha visto se realizará, como Cristo ha anunciado, en la Cruz y en la Resurrección. Podemos incluso decir que hasta lo que él ha intuido al hacer mención de las “tiendas” llegara a su plenitud.

Por último la teofanía del Tabor se cierra con la Nube que los cubre, signo del Espíritu Santo y la voz del Padre que solemnemente confirmará: “Éste es mi hijo amado, escuchadle”.

Después de que todo ha pasado Marcos subraya, aunque los discípulos no lo entienden, que sólo después de la Resurrección podrán tener la clave para comprender lo que ha sucedido.

AT: Gn 22, 1-2. 9a. 15-18

La lectura del Génesis anticipa la lectura que volveremos a escucha en la Vigilia Pascual. Es una lectura que en algunas personas causa cierta sorpresa: un padre que, mandado por Dios, tiene que sacrificar a su hijo.

Muchos autores cristianos han comentado desde antiguo esta lectura que de una forma muy clara prefigura el sacrificio de Cristo. Dos aspectos nos ayudan a comprender el texto: en primer lugar la obediencia a Dios, que a veces nos puede parecer incomprensible, y, en segundo lugar, la providencia de Dios que al final responde a la obediencia de Abraham con un cordero para el sacrificio en vez de su hijo y la bendición a él y a su descendencia.

Épistola: Rm 8, 31b-34

La breve lectura de la Carta de San Pablo podría servir muy bien como conclusión de la respuesta que se espera de nosotros en este domingo y de una actitud que debemos cultivar en la Cuaresma para que se convierta en algo habitual en nuestra vida cristiana. La idea principal sería la seguridad de la esperanza cristiana basada en el hecho de la Redención efectuada por Cristo.

Esta confianza debe movernos también a acercarnos a la Penitencia poniendo nuestros pecados y debilidades ante el Señor y sabiendo que sacramentalmente él va a cumplir esta palabra en nosotros.

Al proseguir la Cuaresma sentimos un nuevo impulso en nuestro camino:
1. Dios Padre quiere también en nuestras vidas realizar una transfiguración, vestirnos de blanco refulgente. Como Cristo debemos subir al monte para orar. La verdadera transformación de nuestro ser comienza en la oración
2. La oración creará en nuestras almas una actitud de confianza en los planes providentes de Dios a pesar de todas las dificultades. La oración nos dará fuerzas para saber qué es lo que en nuestra vida debemos sacrificar porque nos aparta de la Voluntad de Dios.
3. La oración nos ayudará a reconocer nuestros pecados y a no permanecer en ellos; a abrir nuestra alma al Señor para que él nos cure y sintamos en lo profundo del corazón:
“Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”


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