
La comunidad cristiana se prepara cada año para recordar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Los seres humanos vivimos entre nuestros recuerdos en relación con el pasado y nuestros planes con relación al futuro. Es época de recordar lo que Dios hizo por nosotros y de llenarnos de esperanzas en su resurrección.
El Triduo Pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la Cena del Señor. Tiene su centro en la Vigilia Pascual y acaba con las vísperas del domingo de Resurrección. La vigilia pascual es el punto culminante de todo el triduo y abre el tiempo pascual en sentido propio. La vigilia del domingo de Pascua es, además, el elemento más antiguo del Triduo Pascual ya que se celebraba en muchas iglesias a finales del siglo II.
El triduo pascual, como bien indica su nombre (triduo: “tres días”) consta de los días viernes, sábado y domingo, marcando su comienzo el jueves al atardecer, y coincidiendo con el final de la Cuaresma en la mañana del mismo día, y la Pascua o Triduo Pascual que comienza esa tarde.
La pascua es el centro teológico e histórico fundamental del año litúrgico. Si la pascua judía narrada en el Éxodo evocaba el acontecimiento histórico de la liberación del pueblo de Israel del dominio egipcio, presentando a Dios como el defensor y liberador de su pueblo, refleja además todas las prescripciones rituales de la fiesta de la Pascua en su doble aspecto de banquete sagrado familiar y el empleo de la sangre del cordero como elemento protector (Ex 12.1-13.22.)
Así, la Pascua cristiana es el paso de Cristo de muerte a vida, inmolado por los pecados del mundo, presentado como perfecto sacrificio al Padre. La Pascua hebrea queda como sombra que se hace presente y se llena de sentido al actualizarse en la Pascua de la iglesia mediante el misterio pascual de Cristo celebrado en cada eucaristía.